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El panorama geopolítico según Pelegrín Castillo

Guerra híbrida, la invasión financiada a RD y otros demonios.

ENTREVISTA · ANÁLISIS POLÍTICO
Pelegrín Castillo cree que la República Dominicana atraviesa el momento más peligroso de su historia y que solo una cuarta república, refundada desde el pueblo y no desde un mesías, puede evitar su disolución.

Nunca antes en la historia de la República Dominicana, dice Pelegrín Castillo, la nación había enfrentado amenazas tan serias a su existencia como las de hoy. Cree que el país, de no tomar acciones, se encamina a la disolución en el corto o mediano plazo. Su fórmula salvadora es refundar la nación y pasar a una cuarta era republicana, sin los lastres que durante décadas tanto él como su familia han denunciado y que hoy por hoy cabe reconocer que representan los grandes desafíos del país. Las verdades incómodas que históricamente los Castillo han proclamado, con su padre a la cabeza, no siempre han sido bien acogidas, pero ante una inminente escalada de todo aquello de lo que siempre han advertido (la inmigración descontrolada, el narcotráfico y la corrupción), cabe preguntarle al activo político de esta familia de conocedores a profundidad de lo que acontece cuál es la ruta que deberíamos seguir ante un momento y una coyuntura tan compleja como la que se vive hoy.

Una guerra mundial híbrida

Castillo arranca con un diagnóstico global. “Estamos en una guerra mundial híbrida”, dice, “muy difícil de discernir porque se libra simultáneamente en muchos escenarios con muchas armas, principalmente la mediática, porque uno de los objetivos es atacar las estructuras cognitivas de la sociedad”. Para algunos analistas esa guerra empezó con la pandemia. “Con más razón ahora, teniendo la sospecha de que el covid fue un arma de destrucción masiva, o se manipuló con ánimo de causar un daño mayor, especialmente en Estados Unidos, incluso en términos políticos y electorales.” Él mismo se inclina por otra fecha de origen: cuando China le cortó a Japón el suministro de tierras raras en 2013-2014, en medio de la disputa por las islas Senkaku.

Sobre ese telón de fondo sitúa el repliegue de Estados Unidos hacia el continente americano desde el primer gobierno de Trump, un reavivamiento de la Doctrina Monroe reformulada para el presente, con evidencia concreta en la pretensión de Trump sobre Groenlandia: “Ellos, en realidad, no lo van a decir, pero están volviendo a las Américas después de sufrir unas experiencias funestas tratando de ser hegemónicos en el mundo.” “Se abre una nueva etapa del panamericanismo, y esta vez con más solidez porque Estados Unidos nos necesita más.”

Ese diagnóstico descansa en un telón geopolítico más amplio: el derrumbe de la globalización y de la tesis de una “Chimérica” que iba a dominar el siglo del Pacífico; el repliegue de lo que llama los “Estados-civilización” a sus áreas de influencia; y una crisis de multilateralismo en la que sitúa a la ONU y la OEA como organismos fracasados, con Haití, dice, como “la mejor vitrina” de ese fracaso después de Sudán.

Da también por caído el proyecto del multiculturalismo, “una utopía muy costosa”, y contrapone la “raza cósmica” americana de José Vasconcelos como la alternativa a la conflictividad étnica de Asia y Europa.

A ese escenario tan complejo le agrega lo que la inteligencia artificial trae consigo, y advierte una ideología de fondo transhumanista y posthumanista, uno de los grandes retos de la humanidad, tema que dice ya fue anticipado por la encíclica Humanitas del papa León XIV.

Estados Unidos, dice, sigue siendo la primera potencia del mundo, y esta región es la de mayor potencial en el reordenamiento de civilizaciones en curso, algo que dice explica muy bien Peter Zeihan en el libro El fin del mundo es solo el comienzo. Todo dependerá, cree, de la capacidad de las Américas de acoplarse, retomando la distinción de Martí entre “la América que es nuestra” y “la América que no es nuestra”: el Caribe, dice, es a la vez la zona de fractura y la zona de unión entre ambas.

“Nosotros tenemos poco control sobre los procesos globales”, afirma Castillo Semán. “Podemos tener una incidencia marginal y, quizá en algún momento específico, una incidencia decisiva.” Pero esa incidencia, cree, solo es posible en alianza con Cuba y Puerto Rico, una idea que rescata del ideario de José Martí: la recoge de lo que llama su carta testamentaria a Federico Henríquez y Carvajal, donde hablaba de “las tres hermanas que juntas han de salvarse o juntas han de perecer” y de que era ahí, en las Antillas, donde podía “redimirse la honra lesionada de la América que no es nuestra” y fijarse el equilibrio del mundo. Sabiendo que el Caribe ha sido históricamente, escenario de múltiples disputas imperiales.

De esa lectura desprende una posibilidad concreta para el presente: una nueva etapa de panamericanismo, esta vez con más solidez porque Estados Unidos necesita más a la región. Ubica en Brasil la pieza clave de esa integración, y recuerda que el continente no llegó a integrarse económicamente como debió hacerlo con el ALCA, por lo que se requiere una versión 2.0 de ese acuerdo.

“Estados Unidos quiere seguridad en su zona”, sostiene. Recuerda haber expresado hace años, siendo el único latino presente en una cumbre en el Capitolio, invitado por su amigo, el entonces legislador cubano-americano Lincoln Díaz-Balart: “Hice el planteamiento de que Estados Unidos tenía que integrar la visión de seguridad con la visión de comercio e inversión, y que esta zona tenía que recibir un trato especial y diferenciado, porque no tenía sentido que Estados Unidos viniera en plan de sacarnos ventaja. Hay que reformular el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, incluyendo dos desafíos: no solamente que no vengan potencias extracontinentales a retar a Estados Unidos en la región o a producir agresiones o amenazas, sino que hay que enfrentar el crimen organizado transnacional, un actor que nace de la globalización.”

Cita a la analista Loretta Napoleoni sobre esa “economía global canalla” que el crimen organizado transnacional ha construido en Europa, Estados Unidos, Medio Oriente, Asia y América Latina, y pone una cifra encima de la mesa: un promedio de 100.000 muertos al año en Estados Unidos entre 2000 y 2025 solo por fentanilo. Al desafío del crimen organizado le suma otro que cree que el TIAR también debería empezar a considerar: el yihadismo. No lo ve como algo remoto, y cita como evidencia la elección de un alcalde musulmán en Nueva York, veinticinco años después de los ataques del 11 de septiembre. Advierte que ese tipo de listas de vigilancia arrastra a cualquiera, incluso a los propios: cuenta que una diputada dominicana, Darializa Ávila Chevalier, a quien describe como “una muchacha militante de todas las causas progresistas”, terminó también incluida en una de esas listas.

A la seguridad y al comercio les suma un tercer pilar: una alianza cultural. Habla de un renacimiento del sentimiento religioso tanto en Estados Unidos como en Sudamérica, y del nacionalismo como base común, ya que los modelos republicanos de América Latina son, dice, herencia directa de la Doctrina Monroe y del Congreso de Panamá convocado por Bolívar. Ve señales de que ese giro ya está en marcha: un cubanoamericano al frente de la diplomacia de Estados Unidos y un Papa norteamericano de experiencia eclesiástica en Perú y de raíces caribeñas. “Eso tiene que decir algo”, dice.

Haití: “no es una crisis de inmigración”

El primer reto nacional, dice, es Haití. “Es una crisis internacional con implicaciones de seguridad, no una crisis de inmigración. Eso lo saben los líderes locales y los organismos internacionales, pero a Haití lo han tratado siempre como al loco del vecindario: hay que mantenerlo ahí y que el vecino se encargue de alimentarlo y manejarlo.” Según Castillo, desde mediados de los años ochenta los grupos de poder dominicanos asumieron el rol de “Estado tapón” de la crisis haitiana a cambio de beneficios en las negociaciones con la Unión Europea y Estados Unidos. “No es un acuerdo formal, no es un acuerdo oficial, pero nosotros tenemos pruebas y yo soy testigo.”

Esa complacencia, sostiene, tiene un precio bien definido para los organismos internacionales: es “una oferta de dos por uno”. A cambio de seguir administrando la crisis, dice, a la República Dominicana la ayudan con préstamos, le apañan ciertas cosas, le pasan por alto el maquillaje de las cifras oficiales, le dejan pasar expedientes de narcotráfico. “Todo eso es parte del uso de los recursos duros y blandos de poder”, dice: “te amenazan con las cuotas, te amenazan con los expedientes, te amenazan con las acusaciones.” Instrumentos que, sostiene, se han usado contra el país “con mucha malevolencia”.

A los grupos económicos locales, sostiene, se les indujo a creer que aliarse con empresarios haitianos, “una fauna peligrosa de depredadores”, consolidaría un dominio insular en el que República Dominicana sería la hegemónica. Cuenta que un empresario con fuerte vínculo político se lo dijo así, sin filtro, en una cena: “¿Qué es lo que ustedes tanto joden con los haitianos? Ustedes no se dan cuenta de que es con el único país que nosotros podemos ser imperialistas.” Castillo dice haberle respondido preguntando quién le dijo que República Dominicana tenía que ser imperialista con los haitianos, cuando lo que corresponde, insiste, es evitar que la crisis de Haití desestabilice al país y buscar una solución internacional antes de que termine, advierte, “en un conflicto o en algo peor: una caída ignominiosa, sin pena ni gloria, de un país que no supo defenderse, traicionado por sus propios dirigentes.”

“Aquí no tenemos migración haitiana. Seguir diciendo eso es engañar a la población. Tenemos una invasión en cámara lenta con mucho financiamiento detrás.”

Habla de “seis o siete olas tipo Ceuta” al año en la frontera de 391 kilómetros, “en cámara lenta pero con mucho financiamiento detrás”. Es, sostiene, “una invasión montada con todas las reglas, y si hay resistencia, está el escenario para derivar el conflicto en la intervención.” “Quién financia eso, ahí confluyen muchos factores”, dice, y nombra tres: la diáspora haitiana en Estados Unidos, que sostiene el flujo no solo en armas sino en dinero; George Soros y el crimen organizado transnacional, que usa a Haití, dice, como “zona de caleta y de operaciones”. Anuncia que presentará una denuncia formal ante la Procuraduría con documentos y testimonios sobre el tema, y cita la denuncia del entonces senador Marco Rubio, cuando presidía el Comité de Inteligencia, quien confirmaba el financiamiento externo del flujo migratorio hacia República Dominicana.

Sobre las acusaciones de racismo y xenofobia que suelen dirigirse contra la política migratoria dominicana, es tajante: “Quieren pintar a la República Dominicana como el Estado racista, el Estado capaz de cometer un genocidio, el Estado esclavista. Los que están definiendo esa estrategia ya saben por qué lo hacen: porque en algún momento futuro piensan intervenir, y ya han preparado los escenarios.” Menciona los recursos naturales de la zona binacional (tierras raras, cuenca hídrica, el puerto) como parte del interés detrás de esa narrativa.

Señala que no ha visto “el primer haitiano flaco” en lo que va de año: llegan con celulares, comprando rutas de pasajeros, controlando los motoconchos, comprando puestos de negocios mayoristas de distribución de alimentos, propiedades e identidades. “Esto se está financiando; detrás está el crimen organizado transnacional.” Ese, insiste, es el primer reto: “Eso está rompiendo aquí la cohesión social y territorial, la convivencia se está problematizando.” Y afirma que no es cierto que ese esquema vaya a mejorar los índices de desarrollo del país, algo de lo que, dice, son conscientes “los mejores economistas del país y del exterior” con los que ha hablado, aunque hay interés en mantenerlo por temor a “enfadar a los poderes de fuera”.

“Los organismos internacionales están felices, porque el país más complaciente, más dispuesto a resolverles el problema, es la República Dominicana.”

China, Viettel y la cédula

Sobre la presencia china en el Caribe, Castillo advierte primero sobre el riesgo geopolítico de fondo: “Es algo de cuidado, porque a nosotros no nos conviene convertirnos en el centro, en el teatro de conflicto de grandes potencias.” Distingue entre lo que llama la sutileza del “socialimperialismo chino” y la relación bilateral formal. Recuerda que cuando la República Dominicana rompió con Taiwán para establecer relaciones con Pekín en 2018, China exigió exclusividad total, algo que otros países (India, Brasil, Sudáfrica) no aceptan en sus propios vínculos con Taipéi. “Yo creo que una de las tareas mayores es tratar de dar apertura a una oficina de negocios con Taiwán. Y los chinos no deberían entender eso como algo infamante, porque ellos no se lo piden a otros países.” Por lo demás, cree que hace falta una legislación nacional especial y diferenciada para tratar la expansión china en la economía dominicana, que a su juicio no es resultado de un proceso espontáneo sino de una planificación estratégica de captura de nodos y estructuras dominantes.

Le preocupa en particular el sector de telecomunicaciones. “Ahora hay un interés de que venga Viettel. Admiro al pueblo vietnamita, que enfrentó a Estados Unidos y después a China, pero las comunicaciones son infraestructura estratégica y no pueden estar en manos de actores estatales de carácter militar. Aquí se le está preparando la alfombra roja para que entren a dominar el 5G en la zona rural y el monedero digital.” Conecta ese punto con la crisis haitiana: “El monedero digital puede ser el factor de transferencia de recursos sin control más alto. Y los documentos de identidad nacionales, ¿en manos de quién van a estar?” Sobre ese mismo punto, dice haber planteado la inquietud ante la Junta Central Electoral, que ha respondido que el proceso está en manos de empresas “de buen nivel”, sin las conexiones con actores externos que sí atribuye al caso haitiano.

Ahí introduce un caso concreto. Según Castillo, el registro civil y el registro electoral dominicanos están “contaminados”, y el actual proceso de cambio de cédula está revelando casos de suplantación. Cita el de una dirigente de su partido, con más de treinta años votando con su cédula, a quien el nuevo sistema le asignó otro número. “Voy ahora a la Junta a llevar el caso.” Dice haber sugerido a la Junta Central Electoral hacer una encuesta aleatoria de dos mil muestras para medir el nivel de afectación del registro civil y electoral. “No nos respondieron. Vamos a insistir con el tema.”

Ese sistema, cree, está en fase de caída. La Tercera República, dice, empezó el 12 de julio de 1924 y se mueve en ciclos de unos treinta años, cada uno dominado por uno o dos partidos. El ciclo actual arrancó en 1996 y terminó en 2024, un periodo de transición que los partidos hegemónicos, insiste, no quieren leer así: prefieren manipular los resortes del poder para retenerlo.

Los cinco grandes electores en la sombra

Castillo describe lo que llama, tomando un término del folclor político venezolano, la “conchupancia”: el pacto de reparto entre cúpulas partidarias que sustituye la competencia electoral real. Organiza su diagnóstico en cinco actores que, según él, deciden más que el votante.

“El sistema reparte como favor lo que tiene que garantizar como derecho, y por eso le conviene mantener a la población como un ‘rebaño electoral’ antes que como ciudadanía.”

Las camarillas de los partidos mayores, en relaciones de “conchupancia” antes que de competencia real. Los grandes grupos económicos, que según él se unieron en un consorcio a partir de la llegada de grandes jugadores extranjeros durante la globalización, y desde entonces deciden qué candidatos “pueden pasar”. El partido de la sociedad civil, antes financiado por USAID y hoy, dice, buscando apoyo alternativo en fundaciones europeas, en George Soros o incluso en China. El crimen organizado transnacional, con control creciente de áreas municipales a través de alcaldes, regidores, diputados y senadores.

Y, en quinto lugar, lo que llama “el partido haitiano”: la instrumentalización electoral de población haitiana indocumentada, una práctica que sitúa desde los años setenta y que, según él, algunos partidos financian y movilizan directamente. Cuenta que un diputado le pidió alguna vez frenar una campaña sobre control migratorio “porque les iba a afectar la votación”, y que él le respondió que si la elección dependía de ese voto, prefería perderla.

“Ya no es solo el voto”, agrega. “Ya financian campañas. Así como desde aquí financian campañas allá.” Entonces, si esos son los grandes electores, ¿qué es lo que falta? Un voto dominicanista, nacionalista, patriótico, organizado. Y como yo le he dicho a mucha gente: dejemos la visceralidad, dejemos las reacciones. Este es un pleito estratégico, y no es con el haitianito de la esquina. Estamos peleando con intereses mayores: una maldita conspiración internacional.

“Que sea el pueblo, no un mesías”

Frente a ese diagnóstico, Castillo insiste en que la respuesta no es una candidatura presidencial suya, aunque reconoce que se lo piden. “Mi reto es mayor. No quiero una simple candidatura que pudiera pegar, que pudiera entrar en competencia. Quiero que despertemos un movimiento donde el actor principal sea el pueblo. No un mesías, no un salvador. Ese sesgo caudillista, en América Latina, normalmente no lleva a nada bueno.” Pone como referencia el proceso independentista: Duarte, dice, no empezó agitando volantes, sino organizando en silencio durante años antes de que las condiciones maduraran.

Si no hay un movimiento, si no hay un partido dominicanista, soberanista, auténtico, dispuesto a jugársela en todos los terrenos. Perdimos legalmente.

Habla de un “movimiento por una nueva república para salvar la nación”, que próximamente presentará en detalle, con el objetivo declarado de incidir en las elecciones de 2028 sin depender de una sola figura. “No se necesita un mesías, sino un grupo de gente dispuesta a echar el pleito.” Advierte, además, contra otro tipo de liderazgo que ve emerger en el vacío: el que generan la inteligencia artificial y el big data, que cita en El fin del poder, de Moisés Naím, “liderazgos artificiales” sin raíz orgánica y vulnerables a las estructuras de poder internacional que los controlan.

Nacionalistas, conservadores, racionales

Sobre su ubicación ideológica es explícito: “Somos nacionalistas y conservadores en materia social, pero conservadores racionales: si queremos conservar la nación, tenemos que estar dispuestos a transformar la realidad nacional.” Rechaza que se le compare con el nacionalcatolicismo franquista, etiqueta que dice le han puesto adversarios, y reivindica en cambio una tradición progresista dominicana de comienzos del siglo XX, la del partido de Federico Velázquez, del que formó parte su abuelo. Como ejemplo de esa agenda social cita la defensa de la vida, la familia y la identidad cristiana del pueblo dominicano a nivel constitucional, lograda, dice, “con una gran coalición” que trascendió partidos.

En lo económico defiende lo que llama “capitalismo popular de base amplia”: participación accionaria de la clase media, los sectores populares y la diáspora en proyectos de infraestructura descentralizada (caminos rurales, riego, pequeñas hidroeléctricas), con reglas de protección al pequeño accionista para evitar la concentración monopólica que, según él, caracteriza a la economía dominicana y que documentan los premios Nobel de Economía 2024, Daron Acemoglu y James Robinson, en su tesis sobre instituciones extractivas. El sesgo dominicano, insiste, no es de generación de riqueza sino de extracción de renta: “el modelo de éxito nuestro es sacarse un préstamo, andar en un Maserati, no producir, no innovar.” Atribuye buena parte de la desconfianza ciudadana en las instituciones a episodios como el incumplimiento del pacto del 5% a las comunidades mineras, algo que dice tener “conocimiento de causa” por haber sido ministro de Energía y Minas.

Ese sesgo, sostiene, no es casualidad ni un cálculo feliz de las estadísticas oficiales: aunque la economía dominicana crezca todos los años según las cifras del gobierno, su alta concentración y su sesgo extractivo expulsan a la población más calificada hacia el exterior, con una lógica transnacional. No es casualidad, dice, que República Dominicana sea, después de México, el país de América Latina con mayor población residiendo fuera. Y no cree que el problema sea que el dominicano “quiera delinquir”: cree que el país se ha apartado de un mandato de Duarte, “sed justos los primeros si queréis ser felices”. “No hemos sido justos con el pueblo dominicano”, dice.

Pone como ejemplo el sector agropecuario, clave, dice, en la independencia y en la Restauración, y que le dio soporte a la urbanización, al turismo y a la industrialización, pero cuya zona rural ha sido, en cambio, “penalizada, olvidada, marginada”. Al contrario, sostiene, el país asumió “el mito de Nueva York chiquito”: la globalización necesita áreas de conexión, y por eso, dice, República Dominicana tiene diez aeropuertos internacionales y puertos de cierta importancia.

Preguntado por el nearshoring, responde que eso llega ahora, a raíz de la crisis de la globalización, pero que originalmente esa no era la idea: mucha actividad criminal entraba y salía por esos mismos puertos y aeropuertos, y el turismo ayudó a que se desarrollaran otras actividades, “porque no todo el turismo es turismo familiar”. Sostiene que en el país hay, ahora mismo, “espías de muchas partes del mundo” y “mafias de muchas partes del mundo”, temas que la clase política evita tratar porque hay que cuidar el turismo y el clima de inversión. Ese esquema, resume, saca al dominicano hacia el exterior o hacia la informalidad y “la economía canalla” (narcotráfico, prostitución, falsificaciones), pero al mismo tiempo lo amarra a las redes del clientelismo asistencialista: un país, dice, con casi 900.000 empleados públicos y 4.5 millones de personas recibiendo subsidios, un esquema al que atribuye que aquí “no ha habido un estallido social.”

Ese mismo sistema, sostiene, está generando además una crisis demográfica, porque el país no retiene a su población calificada: cita los programas de becas al exterior, de los que, dice, la mayoría se queda afuera o regresa, se da cuenta de que “no podemos vivir aquí”, y se va de nuevo.

Sobre el peso de su apellido, Castillo recurre a Jacques Maritain y su idea de los “profetas laicos”: personalidades que marcan rumbo y corren, por ello, el riesgo de quedarse solas. “El que no ha luchado no tiene enemigos. Ni tampoco tiene amigos reales.” De su padre dice que, por la edad, ya cerró su etapa partidaria activa, aunque sigue escribiendo y con su programa de TV. Entiende que la etapa de denuncia y confrontación se cumplió, y que ahora corresponde otra cosa: “un esfuerzo supremo” que no se agota en una candidatura.
Perfil
Pelegrín Castillo

Abogado, fue congresista durante catorce años, participando en las comisiones de Industria y Comercio, Relaciones Exteriores y Asuntos del Mar. Exministro fundador de Energía y Minas. Heredero político dentro de la Fuerza Nacional Progresista, partido que formara su padre Marino Vinicio Castillo (“Vincho”). Es quien ha permanecido a tiempo completo en la política del reconocido clan de juristas que ha jugado un importante papel en la vida pública nacional durante más de cuatro décadas.

Entrevista realizada por Kriteria. Versión editada para claridad y extensión a partir de la transcripción original.
CV
Por
Castalia Vargas
Periodista y editora, escribe sobre cultura, sociedad y políticas públicas en la República Dominicana.
Sobre
Kriteria
Publicación digital dominicana de análisis, ideas y cultura.
Instagram: @kriteria.do
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Last modified: septiembre 25, 2026

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