Una voz que no eligió un solo mundo porque le caben todos
La historia de Negra Candela inicia en Cabo Polonio, un balneario en Uruguay. Allí llega Nauj Mateo, un joven artista en busca de nuevos horizontes. Venía desde Madrid, su tierra natal, aunque es en sí mismo un mulato de madre española y padre haitiano; traía en su mochila una mezcolanza mucho más allá de sus raíces: un estilo único que fue forjando por instinto y por vocación.
El joven Nauj fue descubriendo la vida y adueñándose de lo que le llamaba la atención: la poesía, los cantautores y los cantaores, el teatro, el claqué, la guitarra, la trompeta y unas ganas de cantar inmensas. Entre las calles y bares de Buenos Aires y Montevideo comenzó la aventura de sobrevivir a puro canto.
“No es algo muy buscado. La vida me fue llevando, y yo tuve la suerte de poder desarrollar cada cosa que me llegó.”
Nauj Mateo
Cabo Polonio: cuando la casualidad tiene nombre propio
Fue precisamente en Cabo Polonio donde la vida le tendió la primera trampa buena. Mientras tocaba claqué en la calle y cantaba a cappella para quien quisiera escuchar, tres músicos que andaban por ahí lo encontraron: un guitarrista bonaerense enamorado del flamenco, un pianista colombiano y un percusionista del Río de la Plata. Se juntaron una tarde a probar. Al día siguiente ya tenían contrato en un bar. Esa noche, sin saberlo, nació Negra Candela.
Ese mismo verano mágico en el balneario, Nauj conoció también al Ruso, un músico llegado a Uruguay con historia propia y sintetizador bajo el brazo, y a Elis, una violinista que venía del mundo del tango. El lugar parecía tener algo: como si juntara a la gente que necesitaba juntarse.
Un grupo sin bandera fija
De Uruguay el grupo saltó a Buenos Aires, donde empezaron de cero pero con todo el fuego intacto. Tocaban en la calle, en bares, en fiestas. A los pocos meses grabaron su primer disco en casa, sin estudio ni pretensiones. Lo que salió tenía ese sonido imposible de fabricar: el de gente que toca porque no puede hacer otra cosa.
La banda fue creciendo y mutando. El Ruso entró formalmente cuando los invitaron a una gira en Brasil y necesitaban alguien que manejara el sonido. Llegó para ayudar con los cables y se quedó para siempre. Fabricio, el percusionista uruguayo, fue entrando de a poco, tocando cuando podía, hasta que un día el proyecto lo enamoró del todo y ya no se fue. Así es como se arman los grupos que duran: no de golpe, sino por acumulación de afecto y de confianza.
Negra Candela nunca tuvo patria única. Nauj tiene madre española y padre haitiano. El Ruso llegó a Uruguay igual que él, empujado por algo que no sabía nombrar bien. El guitarrista original era bonaerense. El pianista, colombiano. Fabricio, uruguayo. Elis venía del tango. Ninguno venía del mismo lugar. Todos terminaron construyendo el mismo sonido.
discos grabados
países de público propio
años construyendo el sonido
Nómadas, dispersos, pero siempre conectados
Con esa formación, Negra Candela comenzó a rodar el mundo. Colombia, España, Brasil, Chile, Argentina, Uruguay. En cada ciudad repetían el mismo milagro: llegaban como extraños y se iban como si hubieran vivido ahí siempre. Su sencillez y su carisma hacían el trabajo antes de que sonara la primera nota. El público los adoptaba rápido. Los amigos que dejaban en cada parada siguen ahí.
No todo fue fácil. Hubo una gira a Chile en la que les robaron el computador con meses de trabajo adentro: un disco entero grabado, con artistas invitados, con versiones cuidadas, perdido de golpe. Pudieron haberse rendido. En cambio, volvieron al estudio y grabaron algo mejor. Así es también la historia de Negra Candela: cada golpe los dejó más afinados.
Luego vino la pandemia y vino la dispersión. Cada uno regresó a su país, a sus familias, a sus circunstancias. Pero nadie habló de cancelar nada. La decisión fue simple y firme: el proyecto queda. Nos juntamos cuando podamos. Un mes al año, dos, los que sean. La música los une aunque los océanos los separen.
“En Dominicana me siento en casa. Eso no pasa en cualquier sitio.”
Nauj Mateo
La voz, el cuerpo, el estilo
Verlo en escena es entender de golpe por qué Negra Candela no se parece a nada. Nauj Mateo no llega a un escenario a cantar: llega a habitarlo. Su voz tiene ese color oscuro y arrastrado que recuerda al Cigala, ese duende que dobla las vocales, que convierte una frase sencilla en algo que duele un poco y consuela al mismo tiempo, aunque sin la pureza cerrada del flamenco jondo. La suya es una voz de mestizo verdadero, que lleva adentro las raíces de los ritmo afrocaribeños, la sobriedad poética de los cantautores españoles que lo criaron por la radio, y la libertad rítmica de quien ha cantado en demasiados países como para pertenecerle solo a uno. Cuando canta, uno no sabe bien de dónde viene esa voz. Sabe, eso sí, que es real.
A esa voz le acompañan manos que también saben lo suyo. La guitarra la trabaja con la economía del que aprendió solo, sin conservatorio ni método, a puro oído y a pura insistencia; no hay exhibicionismo en su manera de tocarla, solo el acorde justo en el momento justo. Y luego está la trompeta: la coge cuando toca, ejecuta la frase que tiene que hacer, esa frase que ensayó cientos de veces hasta que el músculo la supo de memoria, y la suelta. Ni antes ni después. La trompeta en sus manos no es adorno; es puntuación.
Pero quizás lo más difícil de explicar es lo que hacen sus pies. El claqué que estudió durante cinco años en Madrid, con ritmos de jazz en clase y ritmos flamencos en casa, se convierte en escena en algo diferente: no es danza de espectáculo ni percusión de exhibición, es el pulso físico de la música, el cuerpo marcando lo que el bajo y la batería no siempre pueden. Cuando Nauj baila, la canción tiene más capas. Cuando canta y baila al mismo tiempo, uno entiende que está viendo a alguien que aprendió a hacer varias cosas a la vez no porque quisiera impresionar, sino porque todas esas cosas son él.
Las letras completan el cuadro. Nauj escribe como quien ha leído mucho y vivido más: con imágenes concretas, con giros que sorprenden, con esa honestidad de los cantautores que no le temen a la tristeza ni a la belleza directa. Hay rumba, hay bolero, hay flamenco que se funde con el Caribe y con el Río de la Plata hasta que ya no importa el nombre del género. Hay un espíritu de nómada que no añora quedarse en ningún sitio porque lleva todos los sitios encima. Y hay algo que ningún estilo puede fabricar: la sensación de que el hombre que canta esas canciones las vivió antes de escribirlas.
Inmersión: el proyecto que llega a completar el cuadro
Hoy Negra Candela lleva tres discos grabados y un directo que suena diferente a cualquiera de ellos: más electrónica, más madurez, más capas. Hay material nuevo listo para salir. Y hay algo más: Nauj está construyendo en paralelo un proyecto propio llamado Inmersión, un formato flexible que le permite moverse con músicos locales en cualquier ciudad del mundo, sumergirse en cada lugar y dejar algo grabado. Inmersión en Madrid. Inmersión en Barcelona. Inmersión en Santo Domingo. El nombre del proyecto lleva el nombre del lugar porque para Nauj la música siempre ha sido eso: meterse de lleno en donde estás, conectar con lo que hay ahí, y no irse sin dejar algo tuyo.
Si Inmersión toma el vuelo que parece destinado a tomar, Negra Candela no desaparece; el Ruso y Fabricio también formarán parte cuando se pueda, pero el centro de gravedad de Nauj se desplaza hacia este nuevo proyecto. Es la evolución natural de alguien que lleva más de una década aprendiendo que la música más honesta es la que no le pone límites a sus propias raíces.
El regreso que ya tiene fecha
El próximo capítulo se escribe aquí. Nauj planea volver a República Dominicana antes de que termine el año, esta vez con agenda, con tiempo y con las ganas acumuladas de quien sabe que en esta isla la gente lo espera. La primera vez llegaron con dos fechas y se fueron con ocho. La segunda vez llegaron con una y se quedaron un mes. Esta vez llegan preparados. Finales de noviembre, primeras semanas de diciembre. Y la posibilidad de que esta visita sea el estreno de Inmersión en Santo Domingo, con músicos locales, con todo lo que eso puede generar.
Nauj Mateo es el tipo de artista que no encaja en una sola categoría porque tiene demasiadas cosas reales adentro: la poesía de su madre española, el ritmo de su padre haitiano, el duende que absorbió en Madrid, la libertad que encontró en el Río de la Plata y el calor de un público caribeño que lo adoptó sin pedirle papeles. Negra Candela e Inmersión son dos maneras distintas de decir lo mismo: que la buena música no necesita pasaporte. Y que este hombre, cuando coge el micrófono, lo sabe demostrar.
|
Por Castalia Vargas Periodista y editora, escribe sobre cultura, sociedad y políticas públicas en la República Dominicana. |
|
Last modified: junio 17, 2026

