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Manuel García Arévalo: custodio de lo ancestral

El empresario dominicano cuya pasión absoluta son los taínos.




Era apenas un muchacho y acudía todas las tardes a casa de don Emile Boyrie de Moya, fundador del Instituto de Antropología e Historia de la Universidad de Santo Domingo, a hablar de arqueología. Fue Boyrie de Moya quien le regaló su primer cedazo para excavaciones y le enseñó a mirar la tierra con ojos de científico. Esas tardes repetidas trazaron el destino de Manuel García Arévalo: arqueólogo, antropólogo, historiador, fundador en 1973 de la Fundación García Arévalo, hoy presidente del Voluntariado del Museo del Hombre Dominicano, y uno de los grandes custodios de la cultura taína en el país.

García Arévalo ha ido levantando acta de una civilización que la conquista arrasó pero no borró del todo. Su colección de piezas taínas, objetos rituales, fragmentos de una vida extinguida, nació de una urgencia casi intuitiva: que esas piezas tuvieran un hogar y, sobre todo, testigos.

“Queríamos que las piezas estuvieran al servicio de la gente, que pudieran ser visitadas y contempladas por estudiantes, por personas amantes de la cultura”, recuerda. Lo que comenzó como una pasión de adolescente se convirtió en vocación de vida y en uno de los archivos arqueológicos más importantes del Caribe.

Tres semanas en la selva amazónica

Entendiendo que los taínos ya no estaban aquí para responder sus preguntas, García Arévalo recurrió a la etnografía comparada. Convivió durante más de tres semanas con comunidades indígenas del Alto Orinoco, los Fiara, en Venezuela, con el respaldo del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas y acompañado de don Ricardo Alegría, fundador del Instituto de Cultura Puertorriqueño.

La experiencia fue, dice, “como un sueño hecho realidad”. Lo que descubrió no estaba en ningún libro: la madera era el material central de toda aldea amazónica; la cestería tenía un papel primordial en casi todas las actividades cotidianas; la decoración corporal, pintura facial, plumas de aves tropicales, era parte consustancial de la identidad personal.

“Para entender el mundo indígena hay que recurrir a la etnografía comparada. Los ancestros de los taínos todavía existen en Venezuela, Brasil y Colombia.”
— Manuel García Arévalo

“Uno a través de la arqueología no lo percibe”, admite. “Porque ese material, la madera, los tejidos, las plumas, es muy perecedero. Todo se pierde.” Lo mismo ocurrió con la pintura corporal taína y con los pigmentos vegetales que decoraban su cerámica: el tiempo los borró sin dejar huella.

La hecatombe demográfica: epidemias, no genocidio

Suele haber una nostalgia implícita cuando se habla de la desaparición de los taínos. García Arévalo la aborda con la serenidad del estudioso que ha dedicado décadas a los datos, y su conclusión es tajante: la causa principal no fue el trabajo forzado ni la violencia de la conquista, sino las epidemias.

“El indio americano estuvo separado del viejo mundo, Asia, África, Europa, por más de treinta mil años. Cuando llegó esa invasión con virus de todas clases, los taínos no tenían inmunidad.” El paralelo que traza es contundente: antes del descubrimiento de América, la Peste Negra mató a más de cuarenta millones de europeos en apenas dos años, sin que hubiera conquistadores de por medio.

Tampoco absuelve por completo a los conquistadores. Las encomiendas concentraron a la población indígena en asentamientos que aceleraron la propagación de las enfermedades. “Aunque fuera con buenas intenciones, esa enumeración lo que hacía era que propagaba la contaminación.” Pero la intención deliberada de exterminio, sostiene, no existió. “Una persona que te está trabajando, lo que quieres es conservarla.”

“Las epidemias hacían las veces de la aviación en la Segunda Guerra Mundial: primero devastas con los bombardeos y después metes la artillería.”
— Manuel García Arévalo

La enfermedad más devastadora fue la viruela. Cuando Hernán Cortés llegó a Tenochtitlán, entre el veinte y el treinta por ciento de la población ya estaba infectada. El impacto fue también espiritual: “Si aquí viene una enfermedad y destruye el treinta por ciento de la población, mucha gente se pregunta si sus dioses los han abandonado.” Ese desmoronamiento, argumenta, favoreció la conquista tanto como cualquier ventaja militar.

Bartolomé de las Casas: imprescindible y exagerado

La figura del fraile es objeto de admiración y matiz a partes iguales. García Arévalo le reconoce una contribución historiográfica insustituible: sin la Historia de Indias y su extracto del Diario de Colón, el original se perdió, no conoceríamos el derrotero de las primeras expediciones por el Caribe con el detalle que hoy tenemos.

Pero señala sus exageraciones numéricas. Las Casas habló de tres millones de indios en la isla; los datos demográficos actuales apuntan a entre trescientos cincuenta mil y cuatrocientos mil. “Para dar a entender lo dramático de la situación, inflaba las cifras.”

En cuanto a la esclavitud africana, aclara que Las Casas no fue su inventor ni su principal promotor: ya había esclavos negros con Ovando, antes de que el fraile hiciera sus propuestas.

El resultado concreto más visible de su presión fue una cédula real de 1520 que otorgaba la libertad absoluta a los taínos, liberándolos de la encomienda. “Yo creo que, en gran medida, eso fue producto de las demandas de Las Casas.”

Enriquillo: el héroe que pedía campanas

El cacique Enriquillo concita en García Arévalo una reflexión que combina historia, símbolo e identidad. Para él es ante todo un héroe, un activo de identidad nacional. Pero también un personaje complejo: fue criado desde niño por los franciscanos, hablaba español, practicaba la fe cristiana.

“Cuando Las Casas lo visita y le pregunta qué quiere, lo que pide son campanas para la iglesia de sus indios.” Ese detalle lo dice todo. Tras años de guerra, la Corona le concedió el perdón y el título de don, un honor que pocos en la isla ostentaban.

Respecto a los esfuerzos actuales por localizar sus restos, con análisis de ADN y radiocarbono, García Arévalo se muestra esperanzado. “Son esfuerzos muy sistemáticos y merecen todo el apoyo. Ojalá apareciera la evidencia, porque sería un acontecimiento extraordinario.” Un indio enterrado dentro de un recinto religioso, razona, tenía que ser alguien de enorme relevancia.

El legado taíno: vivo en el paladar y en la mesa

Cuando García Arévalo habla del aporte taíno a la identidad dominicana, recuerda que lejos de ser una herencia remota y muerta, está viva en el idioma, en los cultivos, en los utensilios cotidianos, en los nombres del mapa.

Lengua
El primer indigenismo en un diccionario europeo

La palabra canoa fue recogida por Antonio de Nebrija en 1495 tras leerla en la carta de Colón a los Reyes Católicos. Después vinieron huracán, sabana, iguana, tiburón, cacique, macana, barbacoa, bohío. “Los taínos han aportado palabras al castellano quizás más que cualquier otro pueblo indígena americano.”

Gastronomía y vida cotidiana
La hamaca, el casabe, la canoa

Cuando llegaron los españoles a un medio completamente desconocido, tuvieron que aprender de los indios: la hamaca, el tabaco, el cultivo de la yuca, el casabe, la forma de cortar los árboles según el ciclo lunar. Los africanos esclavizados también aprendieron de los taínos: la guáyiga, llamada “pan de chola” en comunidades afrodominicanas, y el casabe los adoptaron como propios.

Arte contemporáneo
Una raíz que sigue nutriendo

Artistas y artesanos dominicanos de hoy recuperan los rasgos icónicos del universo taíno (formas abstractas, simbolismo geométrico, figuras rituales) del mismo modo que Matisse, Picasso y Braque se nutrieron del arte tribal africano para abrir los caminos de la vanguardia europea. La raíz primitiva ha sido siempre fuente de renovación.

Las tres raíces y el debate sobre la identidad

García Arévalo tiene una opinión clara y matizada sobre los debates actuales de identidad cultural. Entiende que durante décadas el régimen de Trujillo impuso un énfasis en la hispanidad que opacó los aportes africanos e indígenas. Y que hoy, en reacción a ese olvido histórico, hay quienes reivindican con intensidad especial la herencia africana.

“Yo creo que es una reacción legítima. Durante mucho tiempo ese reconocimiento al aporte africano estuvo muy relegado.” Pero su posición es de síntesis: “Lo importante es tomar conciencia de que somos un producto integrado. El dominicano tiene aportes multiétnicos. No es exagerar uno en detrimento de otro, sino que cada quien se valore en su justa dimensión.”

En cuanto al Gagá, frecuentemente citado en los debates sobre identidad, su análisis es limpio y sin eufemismos: “Es una tradición evidentemente haitiana.” Lo vio de niño en los bateyes cañeros entre Boca Chica y San Pedro de Macorís, donde lo practicaban exclusivamente trabajadores haitianos. Que con el tiempo se haya ido incorporando al folklore local no cambia su origen. Igual, dice, que el quipe sigue siendo libanés y la pizza mantiene su origen italiano aunque hoy sean cotidianas en cualquier lugar.

El cemí de Turín: una reliquia que podría volver

Entre todas las piezas de la cultura taína dispersas por el mundo, hay una que ocupa un lugar especial en el imaginario de García Arévalo: el cemí de algodón que custodia el Museo de Antropología y Etnografía de la Universidad de Turín. Se trata de una figura antropomorfa masculina tejida en hilos de algodón que guarda en el interior de su cabeza los restos de un cráneo humano.

“El cemí de algodón contiene en el interior de la cabeza los restos de un cráneo humano. Está vinculado al culto a los antepasados, a quienes los taínos atribuían poderes sobrenaturales.”
— Manuel García Arévalo

No es un objeto decorativo: es una ventana directa al universo espiritual taíno. Su estado de conservación, considerando que fue confeccionado con material orgánico hace siglos, es extraordinario. Hoy, tras gestiones entre la Embajada Dominicana en Roma, el Ministerio de Cultura y la Dirección General de Museos, existe la posibilidad real de que regrese temporalmente al país para ser exhibido en el Museo del Hombre Dominicano. “Hasta donde tengo conocimiento, estas gestiones han avanzado muy favorablemente.”

Una época dorada sin relevo

Hay un tema en el que García Arévalo pausa la voz. “La época dorada de la arqueología nacional está quedando atrás.” La frase es contundente y viene acompañada de un diagnóstico preciso.

“Con la creación del Museo del Hombre Dominicano en los años setenta, encabezada por Marcio Veloz Maggiolo y José Antonio Caro, se formó una generación de investigadores de primer nivel. El problema es que esa generación no está teniendo un relevo adecuado. Las universidades no han formado suficientes arqueólogos; las instituciones culturales no cuentan con presupuestos para excavaciones de campo ni análisis de laboratorio.” El Estado, dice, todavía no ha reconocido en toda su dimensión la importancia de este trabajo.

“Confiamos que en un futuro próximo se reconozca la importante labor que realizan los arqueólogos para dar voz propia al silencio de los pueblos desaparecidos.”

Su apelación es directa, y no solo retórica: García Arévalo ha cedido parte de su amplia colección arqueológica al Museo Taíno Casa del Cordón, una iniciativa reciente de la banca privada que busca perpetuar el legado de los pueblos originarios de la isla.

El patrimonio como motor económico

Cuando la conversación llega al presente económico, García Arévalo responde con un optimismo pragmático. La llamada economía naranja, las industrias culturales y creativas, representa para él una oportunidad para que el patrimonio taíno deje de ser solo objeto de estudio y se convierta en motor de desarrollo.

Las artesanías poseen un valor económico y un valor simbólico e identitario que las diferencia en el mercado global. En un país que compite por su oferta turística, ese atributo cultural es un diferenciador que todavía se aprovecha por debajo de su potencial. “El Gobierno, el sector privado y el sector académico tienen un campo fecundo de oportunidades para hacer del potencial de la economía naranja una realidad creciente de cara al futuro.”

Tras décadas en el ejercicio, Manuel García Arévalo sigue creyendo que el trabajo del arqueólogo tiene una función social irreemplazable y aboga para que el aporte de los pueblos originarios se mantenga como un activo vivo, no como una reliquia de museo. Que el dominicano sepa de dónde vienen las palabras que usa, los alimentos que come, los nombres de los ríos y las montañas que lo rodean. Esa memoria, insiste, no es nostalgia. Es identidad.

Sobre el entrevistado: Manuel García Arévalo es arqueólogo, antropólogo, historiador y fundador de la Fundación García Arévalo (1973). Actualmente preside el Voluntariado del Museo del Hombre Dominicano. Ha sido reconocido como uno de los mayores referentes de la cultura taína en el Caribe. Parte de su colección arqueológica fue donada y se exhibe en el Museo Taíno Casa del Cordón. Comparte su prolífico rol intelectual con el oficio de empresario, siendo el presidente de Embotelladora Dominicana. También fue Ministro de Industria y Comercio (2008-2012).

CV

Por

Castalia Vargas

Periodista y editora, escribe sobre cultura, sociedad y políticas públicas en la República Dominicana.

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Análisis, ideas y cultura para una ciudadanía consciente en la República Dominicana.

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Last modified: junio 18, 2026

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