La vida de Fidelio Despradel no cabe en unas pocas líneas. Conspirador adolescente contra Trujillo, guerrillero en la montaña con Manolo Tavárez Justo, combatiente en la guerra constitucionalista del 65, dirigente clandestino altamente vigilado y apresado en diferentes gobiernos, fundador del MPS (Movimiento por el Socialismo), marxista consumado, luchador incansable. En los últimos tiempos, un prolífico escritor y miembro activo del partido Alianza País, por quien fue elegido en dos ocasiones como diputado nacional (ese que bajaba las escaleras del Congreso a atender los reclamos del pueblo, cuando otros se quedaban en los salones) y finalmente, un hombre sencillo con especial don de gente.
Todo comenzó en su niñez…
El niño y el secreto
Tenía catorce años cuando, huyendo del dolor por la muerte de su abuela, abrió una puerta para esconderse y se encontró de frente con un hombre que no debía estar ahí: su tío Ricardo, perseguido político, oficialmente exiliado, pero en realidad oculto dentro de la misma casa familiar. Ese instante —un niño frente al secreto de dos mundos— lo cambió todo.
Al día siguiente, su madre lo sentó a escuchar la verdad: si hablaba, podía costarle la vida a toda la familia. No era una advertencia abstracta. Era literal. La dictadura de Trujillo no era una idea: era un sistema que torturaba, desaparecía y mataba.
Lo que hacía más extraña su posición era su propio origen. Fidelio era hijo de Arturo Despradel, alto funcionario del régimen —canciller, ministro del Interior, rector universitario, figura central del Estado. Un hombre que, como recuerda Fidelio con cierta ironía, “fue quien trajo el Tratado Trujillo-Hull acá, fue él quien discutió con Trujillo y Cordell Hull, Secretario de Estado de EEUU, el acuerdo.”
Pero su madre pertenecía a una familia profundamente antitrujillista. Y fueron los domingos en casa de su abuela materna, en contacto cotidiano con ese mundo paralelo, los que moldearon su conciencia.
El primer gesto de rebeldía fue casi doméstico. Cuando llegó el momento de entrar al bachillerato, su padre quiso enviarlo al Colegio De La Salle, el colegio de la élite, donde estudiaban los hijos de todos los funcionarios del régimen. Fidelio se negó. “Instintivamente le dije a mi papá: no, yo me voy a ir a la escuela normal.” No era todavía un gesto ideológico consciente. Era algo más visceral, una inclinación que él mismo dice no saber bien de dónde le venía.
Pero esa decisión lo llevó a sus verdaderos compañeros: jóvenes inconformes, inquietos, muchos ya vinculados a núcleos clandestinos. La militancia no empezó con discursos. Empezó con amistades, con la pesca submarina, con conversaciones aparentemente triviales que fueron construyendo, en silencio, una red de confianza.
El bautismo de fuego
La primera gran caída llegó temprano, y llegó por un error ajeno. Tony Barrero, “el gurú de la pesca submarina, chiquitico pero de una firmeza monumental”, según Fidelio, había lanzado al río una funda que no debía lanzar: los restos de una bomba colocada en un mercado. Los inspectores que vigilaban el lugar la encontraron. Identificaron el único Mercedes Benz verde oscuro con techo gris que andaba por ahí. Era el carro de Fidelio.
Así cayeron presos y conducidos a La 40: Tony, Fidelio, Pichi Mella y Asdrúbal Domínguez. Lo que ocurrió ahí dentro marcó a Fidelio más que cualquier discurso revolucionario. Tony fue brutalmente torturado —corriente eléctrica, la silla, horas y horas— y en ningún momento los delató. No mencionó los tanques de gasolina que planeaban sabotear. No mencionó el submarino venezolano con el que pretendían traer armas y esconderlas en cuevas submarinas. El torturado inventó mil historias para proteger a sus compañeros. Fidelio y Asdrúbal salieron a los cuatro días. Tony quedó preso.
“Ese fue mi bautismo de fuego”, dice Fidelio. Y en esa frase caben la lealtad, el miedo, la culpa y la admiración que solo produce ver a alguien resistir por ti.
El conspirador
Con quince o dieciséis años, Fidelio estaba involucrado en planes que bordeaban lo impensable. Uno incluía un submarino venezolano —promovido por un tal Marcio Mejía Ricart, que Fidelio recuerda con una mezcla de indignación y distancia— que traería armas para el movimiento. Él y Tony pasaban horas bajo el agua, identificando cuevas en los arrecifes donde los paquetes podrían resistir el agua salada.
Otro plan era más audaz: asesinar a Trujillo. Desde su propia casa, ubicada estratégicamente sobre la ruta del dictador, Fidelio cruzaba patios en la noche —evitando las calles visibles— para cavar un hueco en una esquina clave. El objetivo: colocar explosivos y detonarlos a distancia. No era retórica revolucionaria. Era logística de magnicidio.
“Cuando traes una verdad de afuera porque tú eres revolucionario o socialista, estás estableciendo una distancia entre la gente y tú.”
La montaña
Después vino la guerrilla. No la conspiración, no el plan en papel. La guerrilla real. Como miembro del Movimiento 14 de Junio, Fidelio subió a Manaclas junto a su líder y amigo, Manolo Tavárez Justo, el hombre que en su famoso discurso había dicho “sabemos dónde están las escarpadas montañas de Quisqueya, y a ellas iremos”. La ciudad quedaba lejos. La lógica era otra: resistir, sobrevivir, avanzar con lo mínimo.
La experiencia fue breve. Brutal. Definitiva. Manolo murió. La guerrilla cayó. Y Fidelio bajó de la montaña con algo más que cansancio: la certeza de que el heroísmo no garantiza la victoria.
En 1965, la guerra volvió a encontrarlo. Esta vez en Santo Domingo, del lado constitucionalista. La ciudad era otra: calles convertidas en trincheras, edificios heridos, gente común empujada a tomar partido. Entonces llegaron los marines. Y otra vez la historia se cerró antes de completarse.
Gerardo
Durante los doce años de Balaguer, con la CIA pisando cerca, Fidelio tomó una decisión que lo sorprendería a él mismo: desapareció. No como dirigente. No como figura. Se fue a la clandestinidad en el campo, a Villalobos, y se convirtió en Gerardo.
“Gerardo” trabajaba con machete, sembraba, escuchaba a la gente. “Si tú quieres un día”, dice Fidelio, “tú vas y te metes por Villalobos adentro y preguntas: ¿ustedes conocieron a un tal Gerardo? Y te van a decir: ah, Gerardo, sí, él vivió muchos años aquí.” Cuarenta años después, Gerardo aún vive en la memoria de ese lugar.
Lo que ocurrió en esos años fue inesperado: Fidelio dejó de interpretar al pueblo y empezó a oírlo. La clandestinidad, esta vez, no era para escapar del poder. Era para acercarse a la realidad. Tan profunda fue esa confianza ganada que el alcalde balaguerista del lugar lo invitaba a patrullar con él de noche, buscando posibles guerrilleros —sin saber que tenía uno sentado a su lado.
La segunda escuela
En Bonao, Fidelio eexperimentó su verdadera transformación. Una Federación Campesina enfrentaba la llegada de una minería gigantesca que amenazaba el río Yuna y el Nizao. Le pidieron ayuda. Fue, junto a Aniana Vargas. Y allí conoció a Scherezade Vicioso —Chiqui—, alumna de Paulo Freire, que llegaba con un método que Fidelio no había visto en ningúna de sus escuelas revolucionarias.
El método era simple: callarse. Dejar hablar. Partir de lo que la gente siente, no de lo que el dirigente cree que debería sentir. “Yo me abrí a eso. Y eso fue una segunda escuela para mí. Una que yo no había tenido.”
Después de décadas de lucha armada, clandestinidad y organización de vanguardia, entender que la distancia entre el discurso y la realidad era la causa de muchas derrotas no era una conclusión cómoda. Pero era honesta. Y Fidelio la asumió.
El diputado que bajaba
Años después, en el Congreso, esa transformación se volvió visible. Mientras otros diputados permanecían en los salones, Fidelio bajaba las escaleras cada vez que había una protesta abajo. Campesinos de Cotuí, mujeres de Santiago Rodríguez, comunidades enteras que llegaban a presionar. “La gente se fue acostumbrando: tenemos que llamar a ese diputado cada vez que vayamos allá”, recuerda.
Una vez, en medio de una represión policial en San Cristóbal, cargó a una mujer herida —Ángela, hoy vice síndica— y entró así al Congreso, la camisa empapada de sangre. Otra vez, bajó a defender a un grupo de policías que protestaban con uniforme por los maltratos internos, y el mando policial mandó un contingente a dispersarlos a tiros. Fidelio estaba en el medio.
Lo que la izquierda no supo hacer
Hoy, cuando se le pregunta por la izquierda dominicana, Fidelio no evade. La crítica que hace es la más difícil: viene de adentro, de alguien que la vivió en todas sus formas posibles, y por eso duele más que cualquier ataque externo.
“Cuando tú le traes una verdad de afuera porque tú eres revolucionario o socialista o marxista, estás estableciendo una distancia entre la gente y tú.” La izquierda, dice, habló demasiado. Escuchó poco. Y esa distancia —entre el discurso y lo que la gente realmente siente— explicó muchas derrotas que en su momento se atribuyeron a otras causas.
Su propuesta, destilada en décadas de práctica, es casi utópica en su sencillez: “Hay que dejar que la gente hable. Lo primero es quedarte callado y no meter tu consigna.” En un país donde durante décadas hablar podía costar la vida, y donde luego muchos quisieron hablar por otros, ese gesto tiene un peso que las palabras apenas alcanzan a describir.
“Tú adquieres la capacidad de organizar a la gente en la misma medida en que actúas para identificar lo que está sintiendo y padeciendo.”
Para Fidelio hay tantas tareas democráticas que quedaron pendientes con la caída de Trujillo, la salud, la educación, el medio ambiente, las mujeres, los mayores de setenta años que ya no tienen fuerza para defenderse.
Fidelio Despradel hoy tiene 89 años y aún no ha terminado.
|
Por Castalia Vargas Periodista y editora, escribe sobre cultura, sociedad y políticas públicas en la República Dominicana. |
|
Last modified: junio 21, 2026

