Cultura · Patrimonio
Wilton Khoury ha convertido las entrañas de la tierra en su territorio de búsqueda. Ingeniero de minas y geólogo de formación, ha sabido extraer de ella no solo metales, minerales y gemas, sino también la huella arqueológica de los taínos.
En su casa en Santiago, Wilton Khoury convive a diario con cerca de mil piezas taínas. Guardadas con esmero y en perfecto orden en vitrinas, gavetas y hasta en el jardín, conforman en sí mismas un museo. Ingeniero de minas y geólogo de formación, Khoury lleva décadas reuniendo esta colección en terrenos familiares de la provincia de Montecristi, donde su abuela materna tenía negocios y fincas y donde él mismo, desde niño, comenzó a recoger fragmentos de barro con inscripciones que los campesinos dejaban a un lado al limpiar las cosechas.
Su formación técnica le da una lectura distinta a la del arqueólogo tradicional: cuando habla de las piezas, habla también de los materiales, de dónde vienen y por qué se usaron. Esa mirada geológica atraviesa buena parte de lo que ha llegado a documentar en la zona.
Redes de intercambio a larga distancia
Uno de los hallazgos que más interesa a Khoury tiene que ver con el sílex, la piedra usada para fabricar hachas y herramientas de corte. En la costa de Montecristi han aparecido piezas de sílex en cantidad, pero ese material no es local: el yacimiento pequeño más cercano está entre Pedernales y Haití, y el grande, capaz de abastecer una producción sostenida, está en Azua, del otro lado de la isla.
Que el sílex trabajado en Montecristi provenga de Azua implica, según Khoury, un sistema de intercambio o desplazamiento a larga distancia entre comunidades taínas, algo que se suma a lo que él describe como una capacidad de navegación notable: sostiene que estos grupos viajaban regularmente hacia Turcas y Caicos, Bahamas y Cuba, entendiendo el territorio como una sola isla, no dividida como hoy.
Las hachas de sílex, según su lectura, se usaban probablemente para filetear pescado y animales de piel dura, entre ellos el manatí y la extinta foca monje del Caribe, de la que Khoury dice haber encontrado restos tallados en la zona.
"Cada loma tenía un asentamiento"
La tesis más revisionista de Khoury tiene que ver con la densidad de población taína en el noroeste dominicano. A partir de lo que ha observado en terrenos familiares, sostiene que la presencia taína fue mucho mayor de lo que suele reconocerse: prácticamente cada elevación del terreno alberga un asentamiento, muchos de ellos hoy cubiertos por capas de tierra formadas con el paso del tiempo sobre lo que antes eran bohíos de madera y cana.
"La presencia taína en esta zona fue mucho mayor de lo que se suele reconocer."
Khoury cita, sin poder precisar la fuente original, una crónica de la época de la llegada española que describía la tierra vista desde el mar como si fuera de fuego, por la cantidad de fogatas encendidas en cada poblado. Es un dato que, dice, contradice la idea de una población escasa y dispersa.
Khoury también cuestiona la simplificación de la organización política taína en apenas cinco cacicazgos, tal como la fijaron los cronistas de la época. Argumenta que ha encontrado objetos asociados a un mismo cacique en zonas geográficamente discontinuas, lo que sugiere una estructura territorial más compleja que la que suele describirse en los libros de texto.
Es importante señalar que esta lectura sobre la densidad poblacional y la organización territorial proviene del testimonio y la interpretación de Khoury como coleccionista de campo, no de una publicación académica revisada por pares.
Estilos cerámicos y posibles jerarquías
Entre las piezas de su colección, Khoury distingue dos estilos cerámicos con nombres que remiten a sus sitios de origen. El término meyacoide viene de Meillac, en Haití, donde el investigador estadounidense Irving Rouse identificó a principios del siglo pasado una cerámica caracterizada por motivos de rayas y puntos. El término chicoide viene de Boca Chica, donde apareció un cementerio con numerosas piezas durante la construcción del aeropuerto de esa zona; su cerámica se distingue por motivos curvos y diamétricos.
Lo que llama la atención a Khoury es que, en los mismos sitios que ha explorado en Montecristi, aparecen piezas híbridas, con rasgos de ambos estilos combinados. Una interpretación posible, dice, es que hubiera una suerte de convivencia o incluso rangos sociales asociados al uso de uno u otro estilo, aunque reconoce que la evidencia hasta ahora es más sugerente que concluyente.
Fuentes minerales y una hipótesis sobre Buen Hombre
La lectura geológica de Khoury también aporta datos sobre el origen de los materiales que trabajaban los taínos de la región. Identifica el río San Juan como fuente de jade, y menciona haber ubicado personalmente una fuente de jadeíta en la zona de Montecristi, un hallazgo que en su momento atrajo el interés de joyeros. El jaspe, de tono rojizo, era otro material que documenta como usado localmente, junto con cuarzo rosado y otras piedras capaces de tomar cierto brillo.
Khoury señala además la posible existencia de una zona de actividad volcánica no documentada entre Altamira y Palo Alto, y menciona una hipótesis, atribuida a un familiar suyo, sobre un posible origen meteorítico de la formación geológica de la zona de Buen Hombre. Ambas ideas quedan, por ahora, como líneas abiertas de investigación más que como hallazgos confirmados.
Un oro y una pieza que resisten el olvido
Entre los hallazgos que Khoury describe con más entusiasmo está el de un fragmento de oro machacado, encontrado en un sitio conocido como El Manantial, en Montecristi, durante una investigación en la que participó un equipo de arqueólogos. El sitio, dice, es extremadamente rico en material: collares, amuletos y una gran cantidad de cuentas, algunas de las cuales describe como parte de la colección más grande que conoce de su tipo.
También aparece en su testimonio el tema, más delicado, de la autenticidad. Khoury explica que ninguna pieza taína es idéntica a otra, aun cuando provengan del mismo sitio y hayan sido hechas por la misma comunidad, lo que complica distinguir entre una réplica honesta, una reproducción con fines educativos y una falsificación vendida como pieza original.
Un patrimonio que sigue apareciendo
Para Khoury, la evidencia que ha reunido en más de tres décadas apunta en una dirección clara: la cultura taína en el noroeste dominicano fue más numerosa, más organizada y más conectada de lo que generalmente se le reconoce. Cada temporada de siembra, cada camino nuevo que se abre en una finca privada, sigue revelando fragmentos de esa historia, muchas veces destruidos antes de que un arqueólogo llegue a documentarlos.
Es, según él mismo lo resume, un trabajo que hace solo, con los recursos que tiene a mano, en terrenos a los que un investigador institucional difícilmente tendría acceso.
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Por Castalia Vargas Periodista y editora, escribe sobre cultura, sociedad y políticas públicas en la República Dominicana. |
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Last modified: septiembre 25, 2026

