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Cayuco: artesano de trascendencia y escultor de realidades

En el entorno rural y costero de Miches, unas manos interpretan la esencia del lugar desde diversas dimensiones.

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Con profundo arraigo en sus raíces, Cayuco destaca por la magistralidad de su obra a partir de materiales reciclados y temas de impacto

En Miches, un pueblo de unos 25 mil habitantes repartido en 21 comunidades a lo largo de la costa este de la República Dominicana, Genaro Reyes construyó algo poco común: una obra que no separa el arte del oficio, ni el oficio de la tierra. Todos lo conocen como “Cayuco”, el mismo nombre que da título a una de las líneas centrales de su trabajo: la conceptualización de las embarcaciones que, en su pueblo, han cargado durante generaciones tanto pescadores como migrantes.

De la labranza al taller

Reyes no llega al arte por la vía de una escuela de bellas artes. Llega, según cuenta, “labrando” desde la infancia: ayudando a su abuelo a sembrar cacao, cuidando el horno de noche junto a su padre, cargando la comida al conuco al mediodía para luego correr a clases. Fue, admite, un estudiante irregular, más interesado en descubrir el mundo que en el aula.

A los 15 años entra a la escuela vocacional, donde aprende ebanistería. Esa formación técnica, dice, le dio “herramientas para acceder a la artesanía”, el primer peldaño de un camino que después ampliaría hacia la escultura, la instalación y el arte conceptual. En el sendero del oficio encuentra a un viejo artesano que labraba, en sus propios ranchos, réplicas de las embarcaciones típicas de Miches y la bahía de Samaná. De ahí nace su interés por el cayuco como objeto y como símbolo.

Santo Domingo y el encuentro con Silvano Lora

En 1989 Reyes se traslada a Santo Domingo buscando mercado para sus artesanías. Pasaría allí una década que resultaría decisiva. Es invitado a la Feria Nacional de Artesanía en la Fortaleza Ozama y a la Feria de Navidad de Altos de Chavón, y se vincula con la generación de artistas de los años 80.

Ese mismo año conoce a Silvano Lora, el artista plástico dominicano reconocido por su trabajo con materiales reciclados y su compromiso social, en sus talleres de El Conde. El encuentro marcaría su trayectoria: Lora lo invita a integrar el comité organizador de la Bienal de Santa Bárbara y, más tarde, a formar parte de una expedición en un barco de pesca de Puerto Plata que siguió la ruta histórica de Martí y Máximo Gómez hasta Guantánamo, con escalas en Montecristi y Cabo Haitiano.

Fue también en Santo Domingo donde Reyes profundizó su relación con la literatura, un interés que dice haber heredado de su crianza evangélica y que luego alimentó con lecturas obligatorias de la escuela secundaria: El Principito, Los funerales de la Mamá Grande, María de Jorge Isaacs, El coronel no tiene quien le escriba. Su primera exposición individual llega en 1999, en el Centro Cultural de España en Santo Domingo.

El regreso a Miches y la fundación del Centro Cultural

Reyes comienza a regresar a Miches a partir de 2003, buscando, dice, “el espacio que no tuve en Santo Domingo”. El regreso no fue solo geográfico: fue también el punto de partida de un proyecto institucional. Con apoyo de aliados y tras recibir el Premio León Jiménez, adquiere el terreno donde hoy funciona el Centro Cultural de Miches, incorporado en 2018 como Asociación de Beneficio Público.

El centro nace, en parte, de Arte Miches, un festival que Reyes y su equipo sostuvieron durante 15 años y que, según su relato, permitió formar una generación de artesanos locales, varios de los cuales continúan hoy el oficio. El espacio funciona como taller, escuela y centro de conservación: alberga una colección de piezas arqueológicas, herramientas tradicionales de carpintería y otros oficios, y un archivo bibliográfico de miles de ejemplares sobre arte, historia y narrativa. Reyes calcula que su propia obra dispersa en el centro suma “cientos” de piezas, la mayoría reunidas porque, dice, nunca se dedicó a comercializar su trabajo.

El financiamiento sigue siendo el mayor obstáculo. Reyes menciona una convocatoria de la Oficina de Mecenazgo del Ministerio de Cultura en la que el proyecto fue certificado, aunque el presupuesto aprobado no llegó a materializarse en su totalidad; con los fondos parciales lograron habilitar una sala de exhibición.

1999
Primera exposición individual
2018
Fundación del Centro Cultural de Miches
21
Comunidades que integran Miches

Del cayuco a vela al cayuco migrante

La pieza que da nombre a su obra más reconocida resume el proceso de conceptualización de Reyes. Sus primeros barcos, cuenta, eran embarcaciones a vela. Con el tiempo, en el proceso creativo, “desaparecieron las velas y aparecieron los migrantes”. Hoy, dice, dentro del cayuco conceptualiza también el cacao, los cajuiles y otros elementos del entorno rural de Miches como pasajeros simbólicos de una embarcación que, en sus palabras, “navega” con todo lo que se pone sobre ella.

Esta línea de trabajo se conecta directamente con la historia migratoria de su región: Miches ha sido, durante décadas, uno de los puntos de salida de yolas hacia Puerto Rico. Reyes sitúa esa realidad como parte del paisaje que lo formó, sin desvincularla del resto de su práctica: la misma técnica de ebanistería rudimentaria que aplica a sus muebles, deliberadamente alejados de la escuadra convencional, es la que traslada a sus embarcaciones y esculturas.

Arqueología y memoria del territorio

La otra columna de la obra de Reyes es su relación con la arqueología. Cuenta que, de niño, cuando los vecinos abrían hoyos para letrinas en el barrio donde nació, cerca del río y frente al mar en Miches, aparecían fragmentos de cerámica indígena; él los recogía por curiosidad, mucho antes de tener contacto con cualquier formación académica.

Esa práctica infantil se convirtió, con los años, en colaboración formal con el Museo del Hombre Dominicano. Reyes relata haber alertado al museo cuando la construcción de obras públicas, entre ellas un hospital y un acueducto en Miches, dejó expuestos yacimientos y hasta un petroglifo en el cauce de un río. En uno de esos hallazgos, identificado como el conchero de Yeguada, se ubica el punto de origen del camino ancestral que hoy recorre cada agosto la Cofradía de los Toros de la Virgen, una procesión religiosa de raíz colonial que reúne a cofrades de distintas comunidades del este del país.

Reyes también hace referencia al naufragio de la flota del conde de Tolosa y el Guadalupe, hundida en la bahía de Samaná durante un huracán el 24 de agosto de 1724 mientras transportaba mercurio y más de 500 pasajeros entre España y sus colonias. El hallazgo del pecio, localizado por pescadores de Miches, forma parte de las caminatas patrimoniales que hoy organiza el Centro Cultural de Miches junto con otras experiencias: el ritual del cacao, recorridos fluviales hacia sitios de petroglifos y encuentros con la comunidad suiza asentada en la zona desde hace más de medio siglo, antes de que la llegada de la carretera construida durante las obras de Odebrecht, entre 2010 y 2012, y la posterior compra de kilómetros de costa por parte de inversionistas como el grupo Cisneros, transformara el perfil económico de la región.

Reyes tiene memoria directa de ese naufragio: cuenta que en los años 70 el mercurio recuperado por los pescadores circulaba libremente en Miches, hasta que las autoridades de la época intervinieron ante el tráfico de piezas del galeón, entre ánforas, vasos, espadas y cañones. Según su relato, el Estado dominicano llegó a un acuerdo con una empresa extractora estadounidense para la recuperación del mercurio y el material arqueológico, bajo un esquema de reparto de las piezas. Parte de ese hallazgo, indica, puede verse hoy en el Museo de las Atarazanas Reales, en la Zona Colonial de Santo Domingo. Reyes aclara también un mito local: el galeón no transportaba oro, y el mercurio que llevaba no tenía como destino final la isla, sino el Virreinato del Perú; la flota solo hacía escala en La Española en su ruta hacia el sur. Frente a Nisibón, agrega, hay otro naufragio conocido, el de un galeón inglés al que se refiere como “el Exitión”.

Esa cercanía con los hallazgos arqueológicos e históricos de su región llevó a Reyes a iniciar un nuevo proyecto documental, todavía en curso, titulado La carpintería de ribera, dedicado al oficio de construcción tradicional de yolas que conoció en su infancia en Miches, cuando esa era la principal vía de transporte de la costa (Samaná, La Romana, hasta Puerto Rico) antes de que llegara la primera carretera, en los años 50.

Cacao, turismo y el pueblo que cambia

Reyes conecta su obra con una lectura más amplia sobre el presente de Miches. Describe una región con 40 kilómetros de costa y un territorio de unos 400 kilómetros cuadrados, atravesada por ríos cortos que bajan de la cordillera oriental cada pocos kilómetros, entre ellos el río Yeguada. Ese mismo entorno, dice, sostiene el cultivo tradicional de cacao, del que fueron productores generaciones de familias de Miches, incluida la suya.

Sobre el cacao, Reyes es crítico: aunque el precio internacional ha subido en los últimos años, en gran parte por la caída de la producción regional, dice que al productor local ese incremento no le llega. Según su relato, el productor vende el quintal a intermediarios muy por debajo del precio de exportación, un margen que no cubre ni el costo del chapeo (la limpieza del terreno). Reyes plantea que el Estado no reconoce ni pensiona a los labriegos que dedicaron su vida al cultivo, y que ese desamparo, junto con la mayor rentabilidad relativa de la ganadería, empuja a las nuevas generaciones a abandonar la tierra o a migrar.

“A los artistas no debería exigírsele el horario, porque trabaja bajo la inspiración y la espontaneidad.”

Reyes vincula ese abandono del campo con la llegada de la carretera de Miches (construida durante las obras de Odebrecht entre 2010 y 2012) y el consiguiente interés turístico e inversor en la zona, incluida la compra de tierras costeras por parte de grupos como Cisneros. En su lectura, esa inversión no siempre se traduce en desarrollo para la comunidad: describe un modelo hotelero de “todo incluido” que genera empleo pero que convive con un déficit histórico de educación y oportunidades locales. Reyes también observa que buena parte de las tierras de cultivo que los productores de Miches dejan atrás, muchas veces al emigrar hacia Puerto Rico en yola, hoy son trabajadas por mano de obra migrante de origen haitiano.

Reyes cierra esa reflexión con una preocupación ambiental: la cuenca hidrográfica de Miches, de la que depende tanto el consumo humano del pueblo como el abastecimiento de los hoteles de la zona, no está protegida, y buena parte de la tierra donde nace el río Yeguada sigue bajo cultivo activo en lugar de conservarse como bosque.

Un oficio sin horario

Reyes fue también, durante varios años, maestro de artes en el bachillerato de artes, una experiencia que abandonó por lo que describe como falta de condiciones materiales y una estructura horaria incompatible con el trabajo creativo.

Esa tensión, entre la precariedad institucional y la insistencia en sostener un proyecto cultural en un municipio fuera de los principales circuitos del arte dominicano, atraviesa buena parte de su relato. El Centro Cultural de Miches sigue, según cuenta Reyes, en busca de espacio: calcula que necesitaría al menos 20 salas adicionales para exhibir de forma adecuada las colecciones arqueológicas, artesanales y bibliográficas que ha reunido en más de dos décadas.

Basado en entrevista realizada a Genaro Reyes (“Cayuco”), artista, artesano y fundador del Centro Cultural de Miches.

CV
Por
Castalia Vargas
Periodista y editora, escribe sobre cultura, sociedad y políticas públicas en la República Dominicana.
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Kriteria
Publicación dominicana de análisis, ideas y cultura.
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Last modified: septiembre 25, 2026

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