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Petróleo: el oro negro del poder mundial

El recurso energético sigue siendo eje de riqueza, arma económica, instrumento de poder y pieza central de la geopolítica mundial.

Geopolítica | Energía

El recurso que convirtió la energía en poder, el poder en dinero y el dinero en capacidad para hacer la guerra. Del primer pozo comercial en 1859 al estrecho de Ormuz en 2026, una lectura sobre por qué el petróleo sigue en el centro del tablero.

Hay mercancías que mueven la economía. Y hay mercancías que mueven la historia. El petróleo pertenece a la segunda categoría.

Durante más de un siglo, el llamado oro negro ha alimentado automóviles, aviones, fábricas, ejércitos y ciudades. Pero su importancia nunca ha sido exclusivamente económica. El petróleo ha financiado Estados, transformado alianzas, provocado crisis monetarias, alterado estrategias militares y convertido estrechos marítimos, oleoductos y puertos en piezas de un tablero geopolítico mundial.

Aunque el mundo está inmerso en una transición energética que pretende reducir la dependencia de los combustibles fósiles, 2026 ha vuelto a demostrar algo incómodo: el petróleo sigue lejos de abandonar el centro de la política internacional. La cuestión ya no es solamente quién lo tiene. Es quién puede producirlo, venderlo, comprarlo, transportarlo, impedir que llegue a destino y sobrevivir cuando su precio cambia bruscamente.

El petróleo dejó de ser simplemente combustible. Se convirtió en una forma de poder.

Antes del arma: un siglo de acumulación

La historia comercial del petróleo empieza en 1859, cuando el pozo de Edwin Drake en Titusville, Pensilvania, inaugura su explotación a escala industrial. En pocas décadas, el nuevo combustible pasó de iluminar ciudades a mover flotas: a comienzos del siglo XX las marinas de guerra cambiaron el carbón por el petróleo, y en las dos guerras mundiales el acceso al combustible decidió la movilidad de los ejércitos.

En febrero de 1945, a bordo del USS Quincy, Franklin D. Roosevelt se reunió con el rey Abdulaziz ibn Saud. De ese encuentro arranca la relación estratégica entre Washington y Riad, uno de los ejes de la política energética del siglo. Quince años después, en 1960, Irán, Iraq, Kuwait, Arabia Saudita y Venezuela fundaron en Bagdad la Organización de Países Exportadores de Petróleo. Los productores empezaban a actuar como bloque.

El día en que el petróleo se convirtió en arma

La geopolítica petrolera moderna tiene uno de sus momentos decisivos en 1973. Durante la guerra de Yom Kippur, varios países árabes productores utilizaron el petróleo como instrumento de presión contra Estados Unidos y otros países que apoyaban a Israel. El embargo y los recortes de producción desencadenaron una crisis energética de enormes proporciones.

Los productores habían demostrado algo que cambió las reglas: no necesitaban un ejército para presionar a las grandes potencias. Bastaba con algo mucho más sencillo, el suministro. El petróleo había aprendido a negociar.

El precio se disparó y las economías occidentales descubrieron que una interrupción del suministro, algo que hasta entonces habían tratado como una cuestión comercial, podía convertirse en un problema de seguridad nacional. Los documentos diplomáticos estadounidenses de la época hablaban explícitamente del oil weapon, el arma petrolera. La expresión no era retórica.

La respuesta de Washington muestra hasta qué punto cambió la percepción del problema. En 1975, Estados Unidos creó la Strategic Petroleum Reserve, una enorme reserva estratégica para protegerse de futuras interrupciones. Una guerra en Medio Oriente había terminado modificando la política energética de la primera potencia del mundo. El petróleo había cruzado definitivamente la frontera entre economía y seguridad.

Seis años después llegó la confirmación. La revolución iraní de 1979 y la caída de la producción de ese país contribuyeron a un segundo gran shock petrolero. Ya no hacía falta un embargo deliberado: bastaba la inestabilidad política en un gran productor para sacudir la economía mundial.

De mercancía a instrumento de poder

La transformación no ocurrió solo porque los productores descubrieran que podían cerrar un grifo. El petróleo produjo otra revolución: creó Estados con una capacidad financiera extraordinaria. Las nacionalizaciones en numerosos países productores trasladaron progresivamente el poder desde las grandes compañías occidentales hacia los Estados, y un país con grandes reservas pasó a disponer de ingresos que no dependían de una amplia base industrial ni de una gran población.

Así apareció el Estado rentista, cuya lógica puede resumirse en una cadena:

reservas → producción → exportaciones → renta → poder estatal

Esa renta puede transformarse en infraestructura, subsidios, inversiones internacionales, diplomacia, compra de armas o capacidad militar. Por eso algunos Estados relativamente pequeños adquirieron un peso internacional muy superior al que sugerirían su territorio o su población.

Pero la abundancia también produce una paradoja. El politólogo Michael Ross desarrolló la idea de la «maldición del petróleo»: en determinadas circunstancias, la riqueza petrolera favorece Estados menos dependientes de los impuestos ciudadanos, instituciones más rentistas y una mayor concentración del poder. No significa que petróleo sea sinónimo de autoritarismo, corrupción o guerra. Significa algo más interesante: la estructura de ingresos de un Estado puede modificar la relación entre gobierno, sociedad y poder.

¿Las guerras se hacen por petróleo?

Es una de las preguntas más repetidas y una de las más difíciles de responder bien. La explicación popular es lineal: hay petróleo, alguien lo quiere, comienza una guerra. La historia es bastante más compleja.

La literatura académica ha mostrado que el petróleo puede influir en los conflictos de varias maneras: aumentando los recursos de un Estado, modificando sus incentivos, creando disputas territoriales, financiando gobiernos o grupos armados y volviendo estratégicas determinadas regiones. El politólogo Jeff Colgan acuñó el concepto de petro-aggression para estudiar cómo la renta petrolera puede alterar los incentivos de los gobiernos productores y favorecer políticas exteriores más agresivas.

Para ordenar el debate sirve distinguir tres papeles. El petróleo puede operar como causa, cuando hay disputas directas por recursos, territorios o ingresos petroleros. Puede operar como capacidad, cuando la renta financia Estados, ejércitos y política exterior. Y puede operar como objetivo estratégico, cuando lo que se busca no es apropiarse del recurso sino controlar el suministro, las rutas y los mercados.

La cuestión, por tanto, no es solo si alguien invade un país para quedarse con su petróleo. Es también si la existencia del petróleo cambia el cálculo de quienes toman las decisiones.

No todas las guerras son por petróleo. Pero el petróleo puede cambiar el cálculo de una guerra.

Kuwait, 1990: el petróleo en el centro del tablero

En agosto de 1990, Iraq invadió Kuwait. La disputa tenía dimensiones territoriales, económicas y estratégicas, pero el petróleo estaba inevitablemente en el centro. Iraq, devastado tras ocho años de guerra contra Irán y con graves problemas financieros, acusaba a Kuwait de producir por encima de las cuotas de la OPEP y de deprimir así los ingresos iraquíes.

La invasión desencadenó una intervención internacional y la Guerra del Golfo. El episodio demostró que los grandes yacimientos no necesitan ser literalmente «robados» para convertirse en factores estratégicos. Basta con que su control altere el equilibrio económico y militar de una región.

Iraq, 2003: una pregunta que permanece abierta

La invasión de Iraq en 2003 ocupa un lugar todavía más controvertido. El país poseía algunas de las mayores reservas petroleras del planeta. Estados Unidos y sus aliados justificaron la guerra con una combinación de argumentos: seguridad, armas de destrucción masiva, terrorismo y cambio de régimen. Después, el petróleo se convirtió inevitablemente en parte del debate sobre sus motivaciones y consecuencias.

Afirmar como hecho que la invasión ocurrió simplemente para «robar el petróleo iraquí» sería reducir una cuestión histórica compleja a una sola causa. La pregunta más productiva es otra: qué papel desempeñaron el petróleo, la seguridad energética y la estructura geopolítica del Golfo en el cálculo estratégico, antes y después de 2003. Esa pregunta permite examinar documentos, decisiones y consecuencias sin convertir una interpretación en un hecho probado.

El mapa que importa: por dónde viaja el barril

La geopolítica del petróleo no se entiende mirando solo dónde están los yacimientos. Hay que mirar por dónde viaja. Un barril producido en Arabia Saudita no tiene valor internacional si no puede llegar a un puerto, subir a un buque, atravesar una ruta marítima y alcanzar una refinería.

De ahí surge uno de los conceptos centrales de la geopolítica energética: los chokepoints o puntos de estrangulamiento, lugares donde una proporción enorme del comercio energético mundial pasa por un espacio reducido. Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA), por el estrecho de Ormuz circularon unos 20.9 millones de barriles diarios de crudo y derivados en el primer semestre de 2025. El estrecho de Malaca, puerta de entrada a Asia oriental, movió 23.2 millones en el mismo periodo, lo que lo convierte en el mayor punto de tránsito petrolero del mundo. En tiempos normales, lo que cruza Ormuz equivale a cerca de una quinta parte del consumo mundial de líquidos petroleros.

El mapa se completa con pasos menores pero igual de sensibles. Según la misma fuente, el canal de Suez y el oleoducto SUMED movieron 4.9 millones de barriles diarios; los estrechos daneses, otros 4.9; Bab el-Mandeb, entre el mar Rojo y el golfo de Adén, 4.2; los estrechos turcos, 3.7, y el canal de Panamá, 2.3. La ruta que rodea el cabo de Buena Esperanza, sin estrecho que cerrar, llevó 9.1 millones: es la alternativa a la que recurren los buques cuando el mar Rojo se vuelve peligroso, a costa de semanas de navegación.

Por Ormuz sale buena parte de las exportaciones de Arabia Saudita, Iraq, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos e Irán, además de grandes volúmenes de gas natural licuado de Qatar. Existen rutas alternativas: Arabia Saudita y Emiratos pueden desviar una parte del crudo mediante oleoductos que evitan el estrecho. Pero esa capacidad no sustituye todo el volumen que normalmente lo atraviesa.

Ormuz ya había sido escenario de guerra. Entre 1984 y 1988, en plena guerra entre Irán e Iraq, ambos países atacaron buques en el Golfo en lo que se conoció como la guerra de los petroleros, y Estados Unidos terminó abanderando y escoltando petroleros kuwaitíes. La lección quedó escrita: el poder energético no pertenece solo a quien tiene petróleo, sino también a quien puede abrir, cerrar o proteger las rutas por las que circula.

Y como el petróleo se comercializa en un mercado mundial, un barril que desaparece en Medio Oriente puede encarecer el combustible en Asia, Europa o el Caribe.

La geografía del petróleo es local. Su precio es global.

2026: Ormuz deja de ser una hipótesis

Durante décadas, el cierre de Ormuz fue un escenario de manual. En 2026 dejó de serlo. Con el inicio de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán a finales de febrero, el tráfico por el estrecho quedó prácticamente paralizado. El Brent, referencia internacional, pasó de unos 72 dólares por barril el 27 de febrero a cerca de 120 en su punto más alto. Solo en marzo subió 51%, uno de los mayores saltos mensuales jamás registrados. La Agencia Internacional de Energía describió la situación como la mayor interrupción de suministro en la historia del mercado petrolero y coordinó la liberación de reservas de emergencia de sus países miembros.

Lo que vino después ilustra mejor que cualquier teoría cómo funciona el mercado. Tras la tregua y la firma de un memorando de entendimiento entre Washington y Teherán, el precio regresó a niveles cercanos a los de antes de la guerra a comienzos de julio. Bastó la reanudación de las hostilidades para que volviera a subir. En agosto, Estados Unidos mantenía un bloqueo sobre los puertos iraníes y la EIA estimaba que la producción de Medio Oriente no volvería a niveles cercanos a los previos al conflicto hasta principios de 2027. En septiembre, el Brent volvió a moverse alrededor de los 100 dólares, mientras Arabia Saudita se preparaba para reanudar exportaciones por su oleoducto Este-Oeste, precisamente la ruta pensada para esquivar Ormuz.

El dato más importante no es el precio de un día concreto. Es la lógica. Cuando una guerra amenaza una ruta por la que circula una proporción significativa del petróleo mundial, el mercado incorpora un nuevo elemento: el riesgo. Y el riesgo tiene precio. Un barril puede encarecerse no porque haya desaparecido físicamente, sino porque existe la posibilidad de que desaparezca. Así funciona una de las armas más poderosas de la geopolítica petrolera: la incertidumbre.

La cadena de transmisión es conocida. Una guerra reduce el tráfico por el estrecho; la menor oferta y la incertidumbre elevan el precio internacional; el barril más caro encarece combustibles y fletes; el transporte más caro presiona la inflación, y la inflación condiciona las decisiones de los bancos centrales y los presupuestos públicos. Un misil puede caer en Medio Oriente y su efecto económico aparecer a miles de kilómetros.

La paradoja estadounidense

Estados Unidos produce hoy cantidades enormes de petróleo. Podría pensarse que eso lo vuelve inmune a una crisis internacional. No es así. Si el precio mundial sube, los productores estadounidenses venden más caro, pero los consumidores estadounidenses también pagan más en la gasolinera, aunque el barril que abastece esa estación jamás haya pasado por Ormuz. La autosuficiencia energética no equivale a aislamiento energético. El mercado mundial conecta a productores y consumidores.

Ormuz en una bomba de gasolina dominicana

Si un gran productor no escapa al precio mundial, un país que no produce petróleo lo recibe de lleno. La República Dominicana importa la totalidad de los combustibles que consume, como recordó el presidente Luis Abinader en su discurso a la nación de junio, y por tanto no tiene control sobre los precios internacionales.

El mecanismo de amortiguación ha sido fiscal. Cada semana, el Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes (MICM) fija los precios y absorbe con subsidios una parte del alza. La gasolina premium, que se vendía a RD$290.10 el galón en la semana del 7 al 13 de marzo, llegó a RD$341.10 para la semana del 29 de agosto al 4 de septiembre. Esa misma semana, según el MICM, el Estado subsidiaba cada galón de gasoil regular con RD$95.65, y el monto acumulado de subsidios en el año superaba los RD$28 mil millones.

La cifra traduce a escala doméstica la tesis de este texto: una guerra a más de 12,000 kilómetros no se siente solo en el surtidor. Se siente también en el presupuesto público, que es donde se decide cuánto del choque paga el consumidor y cuánto el Estado.

Rusia: cuando el petróleo financia la guerra

Desde la anexión de Crimea en 2014, la energía se convirtió en uno de los ejes de la relación entre Rusia y Europa. La invasión de Ucrania en 2022 añadió otra dimensión: el petróleo como fuente de financiación indirecta del esfuerzo bélico.

petróleo → exportaciones → ingresos fiscales → presupuesto → gasto militar

Por eso las sanciones occidentales han intentado limitar los ingresos energéticos de Rusia. Pero aquí aparece otra paradoja: si se reduce la oferta disponible, el precio mundial puede subir, y un país puede vender menos barriles y compensar parte de la pérdida con precios mayores. A ello se suman compradores alternativos, descuentos, transferencias entre buques y redes de transporte menos transparentes. La guerra económica no elimina necesariamente el petróleo. Muchas veces cambia quién lo compra, cuánto paga y por dónde circula.

De ahí una de las características más sorprendentes del mercado: un conflicto en Medio Oriente puede reducir la oferta global, elevar el precio y aumentar los ingresos de un productor situado a miles de kilómetros, que a su vez sostiene otra guerra. La geopolítica petrolera es una red, no una línea recta.

China y la obsesión por la seguridad energética

China, una de las mayores economías industriales y uno de los mayores consumidores de petróleo del planeta, necesita que el combustible llegue a sus puertos pase lo que pase. Su vulnerabilidad es geográfica: alrededor de tres cuartas partes de sus importaciones marítimas de crudo atraviesan el estrecho de Malaca, según datos de seguimiento de buques de la firma Vortexa.

De ahí una pregunta estratégica fundamental para Beijing: qué ocurre si una potencia puede interrumpir las rutas que abastecen de energía a China. La respuesta no ha sido solamente comprar más petróleo, sino construir resiliencia: reservas, oleoductos terrestres, diversificación de proveedores, relaciones con Rusia y Oriente Medio, infraestructura portuaria y capacidad naval. El petróleo empieza así a explicar también la estrategia marítima.

El petróleo y el dólar

El petróleo no solo produce barriles. Produce dólares. Los países exportadores acumulan excedentes que se convierten en reservas, fondos soberanos, bonos, acciones e infraestructura, y durante décadas ese circuito ayudó a reforzar la centralidad financiera del dólar.

Conviene, sin embargo, evitar otra simplificación frecuente: no existe un acuerdo secreto único que obligue a vender todo el petróleo del mundo en dólares. La posición de la moneda estadounidense responde a factores mucho más amplios, como la profundidad de sus mercados financieros, la liquidez, el comercio internacional, las reservas oficiales y los efectos de red. El petróleo forma parte de esa arquitectura. No la explica por sí solo.

Las sanciones y las flotas opacas

El siglo XXI añadió otra herramienta: las sanciones energéticas. Estados Unidos y sus aliados han utilizado restricciones financieras, topes de precio y prohibiciones de importación para reducir los ingresos petroleros de países como Rusia, Irán y Venezuela.

Pero el mercado responde. Surgen compradores alternativos y nuevos intermediarios, cambian las rutas, se aplican descuentos, se reorganizan los seguros y aparecen las llamadas shadow fleets o flotas opacas. Las sanciones se convierten entonces en una batalla por la arquitectura del mercado. No solo por el petróleo, sino por su circulación.

El verdadero poder está en el flujo

Durante mucho tiempo se pensó que la riqueza petrolera dependía fundamentalmente de las reservas. Hoy la ecuación es más compleja, y el poder energético puede residir en cualquiera de los eslabones de la cadena.

Por eso la geopolítica petrolera es también una geopolítica de infraestructura. Quien controla el flujo puede tener tanto poder como quien controla el recurso.

La historia cambia. El mecanismo permanece: quien controla el flujo puede alterar el precio; quien controla el precio puede alterar el poder.

¿Está terminando la era del petróleo?

La respuesta corta es: todavía no. El mundo invierte masivamente en energías renovables, vehículos eléctricos, almacenamiento, redes eléctricas y eficiencia. Pero la aviación, la petroquímica, el transporte marítimo y buena parte de la industria siguen dependiendo de hidrocarburos.

Además, la transición introduce sus propios recursos estratégicos: litio, cobre, níquel, cobalto, tierras raras, uranio, semiconductores, baterías. La Agencia Internacional de Energía advierte que la seguridad energética ya no puede analizarse solo desde el petróleo y el gas; las cadenas de minerales críticos, las redes eléctricas y la ciberseguridad forman parte de la misma ecuación.

Si en el siglo XX la pregunta estratégica era quién controla el petróleo, en el XXI empieza a ser otra: quién controla las cadenas de suministro necesarias para electrificar el mundo. La próxima gran batalla por los recursos puede no librarse alrededor de un pozo, sino de una mina, una refinería de minerales, una fábrica de baterías o un puerto. La geopolítica no desaparece cuando cambia el combustible. Cambia el objeto de la disputa.

Quizá no estamos abandonando la geopolítica de los recursos, sino cambiando los recursos por los que se disputa el poder. La pregunta ya no es si desaparecerá la geopolítica de la energía. Es qué recurso ocupará el lugar del petróleo.

La moneda negra

El petróleo recibió el nombre de oro negro porque convirtió la oscuridad del subsuelo en riqueza. Pero quizá su verdadero poder está en otra parte. Convierte energía en dinero; el dinero, en poder estatal; el poder, en influencia; la influencia protege rutas; las rutas garantizan el suministro; el suministro mantiene la economía, y la economía financia de nuevo al Estado.

petróleo → dinero → poder → seguridad → petróleo

Por eso ha sobrevivido a imperios, revoluciones, guerras mundiales, crisis financieras y transformaciones tecnológicas. No porque sea indestructible, sino porque durante más de un siglo el mundo construyó a su alrededor una civilización entera.

La paradoja de nuestro tiempo es que, mientras el mundo intenta reducir su dependencia del petróleo, una guerra puede recordarle en cuestión de horas cuánto depende todavía de él. Un estrecho puede convertirse en un arma. Un petrolero, en un objetivo. Una sanción puede alterar el comercio mundial, y unos dólares más por barril pueden trasladarse al transporte, a la inflación, a las decisiones de los bancos centrales y al presupuesto de un país que no produce una sola gota.

El verdadero poder del petróleo no consiste únicamente en poseerlo. Consiste en que el mundo todavía necesita que siga fluyendo.

Quizá esté dejando de ser el centro absoluto de la economía mundial. Pero sigue siendo una de las monedas con las que se compra poder, y en tiempos de guerra pocas han resultado tan difíciles de sustituir.

Fuentes

U.S. Energy Information Administration, World Oil Transit Chokepoints (actualizado en marzo de 2026).

CNBC, A timeline of how the Iran war shook oil prices (abril de 2026).

Al Jazeera, Oil prices rise as attacks dent hopes for Strait of Hormuz reopening (agosto de 2026).

Reuters vía Al-Monitor, Hormuz crisis throws spotlight on Malacca Strait (abril de 2026).

Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes, precios semana 7-13 de marzo y precios semana 29 de agosto-4 de septiembre de 2026.

Michael L. Ross, The Oil Curse (Princeton University Press, 2012). Jeff D. Colgan, Petro-Aggression: When Oil Causes War (Cambridge University Press, 2013). Daniel Yergin, The Prize (1991) y The New Map (2020).

U.S. Department of State, Foreign Relations of the United States, 1969-1976, volumen XXXVI, Energy Crisis, 1969-1974.

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Last modified: septiembre 25, 2026

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