Juan Miguel Pérez pertenece a una generación de intelectuales dominicanos que ha asumido las ciencias sociales para interpretar las profundas transformaciones de la sociedad y la política dominicana.
Ha combinado la docencia y la investigación con una activa participación en el debate público nacional. Sus intervenciones suelen abordar cuestiones como la democracia, los movimientos sociales, la desigualdad, la participación política, la memoria histórica y las relaciones de poder que atraviesan la sociedad dominicana.
Su interés por estos temas tiene su arraigo en la mística familiar que marcara su padre, Raúl Pérez Peña, conocido como “el Bacho”, luchador por las libertades democráticas ante la tiranía trujillista, que participó en movimientos como el 1J4 y la guerrilla de Manolo Tavárez Justo, y que mantuvo una coherencia con sus ideales a lo largo de toda su vida.
Más allá de los títulos y las posiciones académicas, Pérez Vargas ha construido un perfil de intelectual público: alguien que procura mirar la realidad dominicana desde las estructuras sociales que la producen y desde los conflictos históricos que continúan influyendo en el presente.
Con esa perspectiva, conversamos con Juan Miguel sobre la República Dominicana de hoy: sus transformaciones sociales, la crisis de representación, el comportamiento de las élites y los desafíos que enfrenta el país para construir una sociedad más justa y cohesionada. Con su estilo llano y sin paños tibios, nos dio su lectura, y haciendo honor a sus convicciones, no se guardó nada.
¿Qué nos dice el sistema político dominicano sobre el estado de nuestra democracia?
La participación de la gente en los asuntos públicos es la que imprime aceite a la maquinaria del sistema político. Aceite para el motor, aceite para los cambios, la transmisión, los frenos. Eso es lo que el pueblo normalmente le otorga.
Esa es la participación que realmente hace que una democracia sea democracia y que sea viable como democracia: la legitimidad de la gente, es decir, la participación de la gente en los asuntos públicos. En República Dominicana, esa participación ha sido mermada por una sustitución de democracia por partidocracia, en la que los constituyentes del sistema político no son tanto la gente, sino los partidos que dicen representarla.
Evidentemente, nosotros sabemos que esos partidos han sido históricamente, desde el año 1966, cuando se instauró esta República Conservadora que abortó (eso es necesario decirlo), surge primero de un país intervenido, pero surge ante todo de la interrupción de una era política en nuestro país: la era política que inauguró la elección de Juan Bosch el 20 de diciembre de 1962, su investidura el 27 de febrero de 1963, y la proclamación de una nueva constitución el 29 de abril de ese mismo año. Esas tres fechas: una que le otorgaba la legitimidad política con la que asumía las riendas del gobierno, y otra que finalmente produjo la Carta Magna, las nuevas reglas, la ruta jurídica por la cual iba a transitar una república que prometía la destrujillización de la vida y de las instituciones del país.
Eso fue interrumpido por quienes pretendían quedarse con el botín de lo que dejó Trujillo: no solamente el botín económico, la partición de todo ese patrimonio que había dejado Trujillo en pocas manos, la concentración de riquezas, sino que también buscaba la concentración de poder político. Y esa concentración de poder político, la de aquellos que buscaban simplemente salir de Trujillo pero preservar más o menos los caracteres antidemocráticos, atentaría luego, con un golpe de Estado el 25 de septiembre de 1963, contra la república progresista y liberal que proponía Juan Bosch.
Toda esa trama por parte de los sectores conservadores se volvió una realidad reaccionaria. Reaccionaria porque, en lugar de ir con el curso de la historia abriendo paso a que el pueblo dominicano realmente entrara en la historia, participara de ella, tanto de su capacidad política como de sus recursos, creación y consumo económico, lo que hizo fue retrasar todo eso con, primero, el golpe de Estado del 25 de septiembre de 1963, y luego con la intervención militar norteamericana.
Esa intervención norteamericana vino con objetivos muy específicos: eliminar todo rastro de revolución, todo vestigio. Primero, vencer a los que ya habían sido los vencedores en Puente Duarte, cuando el gobierno de Caamaño, representante del bando constitucional, ya había vencido a los golpistas de San Isidro. Pero los norteamericanos sabían que en este país había una situación volcánica, en la que el 14 de Junio estaba presente en todos los municipios del país, y el prestigio de las ideas que ellos representaban era mayoritario en los barrios dominicanos. Y eso fue lo que hizo que intervinieran, y eso fue lo que hizo que, desde la CIA y el Departamento de Estado, se desarrollara una política criminal en términos políticos y en términos jurídicos, porque inició una cacería de toda la élite de esa revolución, que terminó con centenares de crímenes de Estado durante los 12 años: desapariciones, exilios forzados, secuestros, apresamientos, y sobre todo, la inculcación en el imaginario colectivo de un gran miedo.
Volvía Balaguer, el vicepresidente y presidente de Trujillo, el cortesano en la era del Tirano, que podía, por supuesto, ser el hombre de los americanos. Y se formó, se configuró una paz de Cártago, una paz de vencedores, una paz americana; es decir, una paz que estaba bien calcada de lo que eran los designios y la configuración que Washington quería para esta sociedad. Entonces, los políticos fueron alineándose con esos marcos referenciales de lo que debía ser esta República Conservadora, de acuerdo a los norteamericanos.
Lo hizo Balaguer, que fue el que puso la primera piel, pero también lo hicieron los gobiernos del PRD, que habían prometido otra cosa, pero que habían desatado las estructuras militares, incluso habían llamado a varios de los cuadros políticos y militares de Balaguer para formar parte de su programa de gobierno. Y, por supuesto, el pueblo continuaba por otro lado. La primera evidencia de eso fue la poblada de abril del 84, que es la primera gran respuesta antineoliberal en el continente, cuando los dominicanos salieron a la calle luego de haberse sentido traicionados por el aumento de los precios de primera necesidad, aprovechando incluso las festividades de Semana Santa por parte del gobierno, como le exigían las instancias acreedoras de Washington.
Todos esos elementos se fueron viendo: luego un Balaguer, luego el PLD, pero bajo el mandato de Balaguer, es decir, bajo el mandato de esa República Conservadora, luego finalmente lo bautizaron de manera formal como padre de esta democracia. De Hipólito, no había que esperar otra cosa, y finalmente este gobierno le ha dado sed a esta República, que, contraria a la República del PRD de Bosch, ha sido la República del PRD cercana a los sectores conservadores, cercana a los sectores poderosos dominantes de esta sociedad. Y finalmente han secuestrado la democracia convirtiéndola en una partidocracia, donde los constituyentes son los partidos, todos del sistema, que no se atreven a decir nada que no sea el sistema; es decir, negándole a la historia su carácter político, que es la posibilidad de rehacer la realidad. Y, por supuesto, todo eso manteniendo al margen, como entre presas, al pueblo dominicano, al cual no únicamente llaman cada cuatro años, en condiciones absolutamente sometidas a la miseria.
¿Cuál ha sido la respuesta de la población?
La población se ha ido dando cuenta de ese ejercicio circense, de ese ejercicio con el cual se va engañando cada vez más al pueblo dominicano: una clase política absolutamente desfasada de lo que son los barrios, de lo que son las condiciones reales de nuestra gente, y que hace que, poco a poco, esa distancia entre gobernantes y gobernados haya ido creciendo hasta un punto en que, ya en las elecciones pasadas, la abstención fue mayor que la participación. Entonces, eso es lo que hace que hoy en día, en estos ocho años, haya un proceso tan acelerado de frustración, porque lo que se dio en el 2020 fue un hartazgo, después de 20 años de peledismo, de unos gobernantes contra los cuales el pueblo finalmente votó.
Y eso, por supuesto, fue aprovechado por quienes estaban ahí en la cola, como dicen, esperando el turno para batear, pero batear para ellos también. Y entonces, la gobernanza en estos ocho años de un gobierno conservador, en el plano político nacional y en el plano internacional, ha hecho que inevitablemente se acreciente no solamente esa desidia, esa frustración de la gente con sus instituciones, con la realidad en general, sino que también ha generado un proceso de aceleración de la violencia que hoy vemos en la calle, que no es más que la personificación de una violencia estructural, cuando ya no hay mucha esperanza que atender, que esperar, de las instituciones que están llamadas a crear nuevos y mejores días para el pueblo dominicano.
El sistema de partidos dominicano muestra señales claras de deterioro y pérdida de credibilidad. Dentro de ese escenario, también se está fraguando una tendencia de cara al 2028. Puede que tenga nombre, puede que tenga candidato, puede que aún no. ¿Qué olfatea usted de cara al corto y al mediano plazo como tendencia dentro de la política?
Mira, la clase política tiene poco que ofrecer de nuevo. Primero porque las campañas electorales han pasado a ser aquí como una especie de festival de rostros, un carnaval de caras: a ver quién es que baila más, quién es que cocina mejor, quién es que se ríe más, sin ideas.
Pero tampoco con pruebas, evidencias de que pueden gobernar y que saben gobernar un país en crisis para sacarlo de ella. El primer contendiente que aspira a la presidencia de la República como opositor fue presidente en tres mandatos, sin resolver ninguno de los problemas fundamentales de este país. O sea que tiene poco que ofrecer que no sea aprovechar la amnesia, la falta de memoria de este pueblo, y sobre todo de las generaciones que suben y que no lo conocieron como gobernante.
Y el otro contendiente, más oficialista, el que se percibe como aquel que podría prevalecer en lo interno del partido oficial, realmente tiene también muy poco que ofrecer, partiendo del hecho de que la zona colonial, que está bajo su responsabilidad, ha sido un caos, y en muchos años no se han resuelto aquellos embellecimientos y mejoramientos que estaban esperados y que se propusieron en esa zona. Si no podemos gobernar durante 20 años, por un lado, un país que sea mejor, ni llevar una zona colonial hacia un lugar habitable y de defensa de la vida de la gente, poco hay que ofrecer que no sea mucho trabajo para los community managers de cada una de esas tendencias. Eso, en cuanto a la oferta política.
En cuanto a la demanda, el pueblo sigue viviendo los estragos de una brutal desigualdad en la redistribución de recursos, con mucho menos fe en las instituciones públicas, comenzando por una policía que reprime muchísimo más de lo que cuida, con intercambios de disparos todavía en incremento absoluto en nuestra sociedad. Y todo eso hace que nuestra convivencia se haya deteriorado tanto, y eso uno lo puede ver en el tráfico, en las calles, que es el lugar donde los dominicanos se encuentran cara a cara: cómo nos estamos matando por un parqueo, por un roce de vehículo, por no ceder el paso. Nosotros estamos asistiendo a las consecuencias de esa clase política que no ha sabido gobernar este país. Primero, porque no lo conoce.
Porque eso es otra cosa: estamos frente a una partidocracia alejada socioeconómicamente de la gente que dice representar, donde la nómina en los ministerios y en los curules es muy superior a la media en la que vive el dominicano. Son multimillonarios, pero además son multimillonarios que, muchos de ellos, explotan lo que dicen representar, que son derechos. Y eso la gente se da cuenta.
Y va poco a poco renunciando a su interés por la cosa pública, militando cada vez menos en los partidos políticos, que se han vuelto de manera recrudecida en una especie de monarquía social, donde los hijos de los jerarcas de esos partidos, y ahora los nietos de esos jerarcas, ocupan las posiciones preponderantes. ¿Qué hace eso? Que esa monarquía social tenga ya incluso un linaje, una jerarquía por parentesco. Entonces, ¿qué buscan los desbaratados? ¿Qué buscan aquellos que vienen de abajo? ¿Qué buscan aquellos anónimos para militar en la política? No buscan gran cosa, sabiendo cuáles son las reglas del juego.
Y todo eso, en el cóctel descrito, crea la posibilidad de una tendencia hacia la indiferencia, hacia la abstención política y electoral en el 2028.
¿La tendencia de los outsiders la visualiza dentro de ese contexto?
No, porque este país se ha blindado. O sea, nosotros aún podríamos hablar, por ejemplo, de Venezuela, de lo que fue Punto Fijo, el puntofijismo, que fue el acuerdo entre adecos y copeyanos, que durante cerca de 60 años garantizó que ninguna otra fuerza pudiera colarse, que pudiera ser oferta electoral.
Aquí tuvimos una ley de partidos, que es una ley que oficializa a los partidos políticos existentes como los únicos que se pueden representar, creando un monopolio de la representación y del derecho de elegir y de ser elegidos, cuando se le prohíbe a las candidaturas independientes poder tener derecho a participar. Entonces, incluso con actos absolutamente arrogantes y burdos, como solamente los regímenes autoritarios pueden hacerlo, esto es tirar, supuestamente, la llave de la posibilidad de hacer historia al mar. O sea, ellos van a condenar; es realmente el mismo ejercicio que una monarquía, en el que se cierran todas las posibilidades para que esto ocurra.
Lo que pasa es que ellos son también muy indoctos en términos históricos, y lo que no saben es que cuando se blinda una monarquía de este tipo, todos los caminos conducen a que la historia se repita. Y ahí está 1789: cuando le cerraron todas las vías para que esto pudiera ser de otra manera en Francia, pues hubo una revolución, explotó por algún lado. Y los dominicanos hemos vivido por mucho tiempo bajo la dominación de una casta que hoy en día no solamente acrecienta sus poderes, sino que también acrecienta sus formas de reprimir la protesta, de esa detención arbitraria de poderes que, además, enrostran a los dominicanos, porque no hay cosa más egocéntrica y más vitrinera que la clase política representante, siempre, hay que decirlo, al servicio de una clase económica a la que le define el interés en los recursos públicos y en las instituciones públicas, para subsidiar los negocios formales, informales, monetarios y no monetarios de esa clase de gente.
Ante una evidente crisis de representatividad y de participación del pueblo en el manejo gubernamental y de su destino político, están surgiendo a nivel de redes unas propuestas disruptivas. ¿Es esa una respuesta legítima o natural de la situación, o una nueva forma de manipulación de masas que sustituye el debate de las ideas por el entretenimiento?
En las redes hay de todo.
Hay, primero, una oferta esencialmente manipuladora: toda una cohorte de youtubers, de medios (dígase no tradicionales, para no decir alternativos), han reproducido, en el formato de estos tiempos, todo lo que en su momento fueron esos interactivos que vivían de lo que cobraban con la clase política y manipulaban. Y entonces tú veías que la configuración de un set radial estaba acorde con el tablero político. Era una cuota en la que se iba no a informar, sino a manipular de acuerdo a los intereses que tú representabas sentado en esa mesa, dejando realmente a un periodismo objetivo al margen. Y eso se ha reproducido ahora a través de los medios no tradicionales, igualito, incluso con nuevos rostros, más jóvenes, más burdos, porque tienen menos experiencia, porque no vivieron en aquella época en la que sí había referentes en el periodismo. Y entonces entraron con plena libertad, con absoluta autorización, con plena capacidad para poder entrar en la práctica, en el negocio, en el comercio, en el cual tú le sirves a estos mastodontes partidarios de forma maquillada como, supuestamente, periodistas. Eso, en cuanto a esos aspectos, me hace más ruido que otra cosa.
Por otro lado, tú tienes los efectos de esa manipulación, como en el caso, por ejemplo, de la manipulación del tema migratorio, predilecto de las élites, porque es una forma de distraer de los problemas reales y ubicar, aparentemente, un enemigo de los más humildes: el que vive al lado, que es migrante. Se explota ese sentimiento interno de frustración, producto de las condiciones sociales en las que vive, y entonces es muy fácil señalar, guiado por esos medios y por esas políticas, al inmigrante. Y, por supuesto, también está la otra lectura: los comentarios que aparecen en las redes, que son muy interesantes, que es por donde, más o menos, se expresa el verdadero sentir de las clases populares, y es ese hartazgo permanente de las instituciones que reprimen, muchas veces incluso cohabitando esa protesta con también mostrar el defecto; es decir, con esa crueldad que nos han enseñado a hacer y a practicar y a ejercer entre nosotros mismos.
Es imposible que una sociedad tan violenta en términos de gobernanza, en términos de la política pública, que convierte derechos en privilegios, no convierta esa violencia en interacción en el diario vivir. Entonces, tú tienes todos esos elementos que hacen que lo que estamos viviendo en la red sea, sencillamente, un ejercicio de visualización de cómo está planteado, en oferta y demanda, el tablero de lo público en República Dominicana.
Has evitado mencionar el “fenómeno alofoke” ¿por qué?
Porque yo pienso que no es un fenómeno; es, sencillamente… No podemos caer en un ejercicio que a todas luces se evidencia como un espectáculo, un espectáculo que distrae, incluyendo a los sectores que estamos llamados a ejercer un espíritu crítico. Esos son globos de ensayo para minar un poquito cómo se sienten las condiciones actuales. Pero sabemos que eso es lo que la clase política necesita para hacer el trabajo que ellos mismos sufragan, y que les mantiene el circo. Sabiendo que la gente vive agobiada, sabiendo que la gente necesita distraerse, le manda esos mensajeros.
Pero el pueblo dominicano sabe muy bien, y lo toma como tal, que eso es simplemente parte del showbiz, una prolongación de la alfombra roja en la que esta pseudodemocracia trata de caminar.
Si tuviera que mencionar un desafío estructural (sabemos que hay muchos) que debe resolverse antes del 2028, antes de que se comprometa el futuro del país y de toda una generación, ¿cuál sería?
Bueno, el futuro está comprometido ya. Eso hay que saberlo. Recuerda que estamos estudiando no solamente el corto plazo, sino el mediano y el largo también. Y nosotros somos la consecuencia de décadas de políticas neoliberales, políticas de abandono de los deberes del Estado de proteger a la gente en todas las aristas de la vida.
Y lo que estamos viviendo ahora mismo es precisamente la cosecha, la primera, segunda, tercera cosecha, de esos años de esmero, cuando la clase política se ha olvidado, ha despojado a la gente de sus políticas públicas, dándoles sencillamente un asistencialismo que los mantiene vivos, pero sobrevivientes, en condiciones precarias: la institucionalización de la vulnerabilidad. Todos esos elementos nos plantean una falencia fortísima de legitimidad del sistema público. Entonces, si me pidieras que me refiriera estructuralmente a un solo tema al que debería, ante todo, ponerle atención quien pueda interesar, pues debería ser la relegitimación de la democracia dominicana.
Como tal: dejar atrás la partidocracia y abrir las puertas para que la gente participe en la solución de sus problemas. Eso creo que es la participación política de la gente, más allá de los partidos que han secuestrado la forma de representación y de participación de lo que debería ser de todos, y que ahora es de un número muy reducido.
¿Qué sentimiento identificas que está prevaleciendo ahora mismo?
El común denominador: la frustración, la impotencia, el sentimiento de injusticia, el resentimiento social. Son ríos profundos que corren debajo de las calles asfaltadas de este país. No se ven; solamente salen a la luz pública en los diferentes litigios, en el deterioro extraordinario que se ha producido en los últimos años en la arena pública, con medios de comunicación cada vez más francamente voceros de las corporaciones propietarias de ellos.
Un periodismo prácticamente en abandono, absolutamente plegado, con muy pocos casos honrosos que todavía ejercen un periodismo independiente o al menos le entregan a la ciudadanía algo de voz. En este caso, una academia silenciada que se ha reducido a dar docencia, con unos liberales en silencio ocupándose de sus negocios y asuntos personales, en medio de una derechización profunda del país, en los sectores de poder, en los puestos determinantes.
Eso es un movimiento más dentro de lo que era una tendencia, pero alcanzando niveles inimaginables, por lo menos para 2020, de lo que uno creía que podía haber sido una clase política mínimamente vinculada al pueblo que la eligió. Aunque no la eligió, en el sentido de quiénes resultaron finalmente electos.
¿Tenemos un margen real de decisión, de soberanía, en la política exterior del país?
Bueno, nosotros no tenemos prácticamente política exterior que no sea hacia Haití y hacia Cuba, porque los Estados Unidos están aquí. Ya los Estados Unidos forman parte de la política nacional. Nosotros somos un país altamente colonizado. Convertimos dos aeropuertos en bases militares.
Estamos recibiendo todo lo que el Departamento de Estado nos manda. No tenemos capacidad ni moral para responder diferente a lo que son los dictados de Washington. Entonces, todos esos elementos hacen que la única política exterior que nosotros tenemos sea para solicitar la invasión en Haití y para contribuir con la causa de las instituciones norteamericanas, utilizando nuestros territorios incluso. Estamos en el punto más bajo de la soberanía nacional. Estamos en el punto más bajo de la dignidad nacional. Estamos en el punto más bajo de la independencia nacional.
Solamente cuando Balaguer, durante las intervenciones norteamericanas del siglo XX, hemos estado en peores condiciones.
Pero ahora no necesitan estar físicamente aquí, porque los militares, los altos mandos dominicanos, responden excepcionalmente al poder político pronorteamericano, y ellos mismos son también de formación norteamericana. El problema es que aquí muchos de los cuarteles siguen siendo, en gran parte, ese bastión del trujillismo donde se veneraba al tirano, donde todavía se vive en carne propia el anticomunismo, arcaico, trasnochado. Estamos en condiciones muy difíciles, muy difíciles.
Pero esas condiciones difíciles, en otras áreas del mundo, también estuvieron cerca de estallidos políticos, de procesos y movimientos, en distintos periodos, en este país. Tienen que producirse los cambios; de lo contrario, es difícil que eso no suceda.
Ya lo estamos viendo. Son brotes de violencia, quizás no orientados políticamente, sin ninguna cabeza, sin ningún discurso que los ampare, pero sin duda alguna son ejercicios de violencia. Los teteos, la desobediencia civil en las calles, son ejercicios de protesta: aislados, individuales, sociales, no políticos, pero que tienen también un trasfondo político esencial.
Con una cultura urbana predominando. Sin una base ideológica, ni siquiera un margen de lectura que les permita confrontar la realidad y sacar conclusiones sustentadas ¿cuál es la perspectiva del futuro nacional?
Mira, quizás no tienen una orientación ideológica, pero sí tienen una orientación política, porque tomas gran parte de todo lo que es el género urbano y la cultura popular dominicana, y es una cultura muy crítica de las cosas que están pasando aquí.
No todos, pero una gran parte sí lo es. Incluso hoy la gente está más francamente, por ejemplo, tomando conciencia de clase sobre lo que son las clases dirigentes en este país y lo que son los privilegios de esas clases dirigentes. Y esa conciencia, visibilizada en podcasts, en canciones, en comentarios en las redes, cada vez está siendo más clara, y cada vez son más “ellos y nosotros”.
Es decir, cada vez esa división que está ahí presente (nadie se la está inventando) está siendo más dicha, y eso es sinónimo de que la gente ha comenzado a darse cuenta de que esa división, esa ruptura entre dominicanos, esas desigualdades, son injustas, y que ha pasado mucho tiempo sin que nadie le preste atención. Y ya no son los académicos, los sociólogos, los antropólogos, los que están hablando; esos están callados, entretenidos en otras cosas. Son ellos, los podcasters, que están hoy riéndose de lo que hace esa gente, que es la forma de expresar lo que hay detrás: un diagnóstico sostenido sobre todo. Hay guiones que son extraordinarios, hay podcasts, hay emisiones que son finísimas en términos de sketch.
¿Qué es lo que hay detrás? Que se analizó la realidad; la caricatura, que siempre es una versión oculta de la realidad, ahí se trabaja. Entonces, eso deja decir muchas cosas sobre cómo van los acontecimientos en el país. Yo creo que aquí hay un proceso que se está impulsando: subversivo, sin cabeza, sin etiquetas políticas o ideológicas, pero sí con un profundo sentimiento de que las cosas deben cambiar.
Sociólogo y docente de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), Pérez Vargas ha desarrollado buena parte de su trayectoria en el ámbito de la sociología política, el análisis de los procesos sociales y la historia política contemporánea. Su formación incluye estudios en reconocidas instituciones académicas de Francia y Estados Unidos, entre ellas el Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po), la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) y Columbia University. Actualmente dirige la Escuela Nacional de Cuentas de la Cámara de Cuentas.
Last modified: septiembre 26, 2026

