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La nueva ola: ultraderecha, outsiders digitales y la pregunta dominicana

¿Puede darse este fenómeno en el país?

Análisis · Política regional

República Dominicana tiene todas las condiciones que el fenómeno regional necesita para instalarse. ¿Está el país preparado para asumir las posibles consecuencias?

América Latina aún guarda en su memoria las huellas de aquellos gobiernos autoritarios patrocinados. Trujillo en República Dominicana, Somoza en Nicaragua, Pinochet en Chile, Videla en Argentina, Stroessner en Paraguay: nombres y fechas que la historia registra sin ambigüedad. El patrón era simple: se eliminaba lo que estorbaba y se sostenía lo que era funcional.

La Escuela de las Américas, creada en Panamá en 1946, fue el aparato de formación de varios protagonistas de esas dictaduras: ingeniería política con uniforme. El siglo terminó con esos regímenes desacreditados y sus líderes muertos, exiliados o juzgados. Pero la necesidad de gestionar la región no desapareció con ellos. Solo cambió de método.

La transición: de los uniformes a las urnas

Posteriormente, la ultraderecha latinoamericana aprendió una lección fundamental, ya en las últimas décadas del siglo XX: que el autoritarismo explícito genera resistencia internacional, encarece la gestión y produce mártires. Comprendió, además, que era más eficiente construir líderes que llegaran al poder por voluntad popular, que desmontaran los contrapesos institucionales desde adentro, y que lo hicieran con el respaldo entusiasta de sus propios ciudadanos.

Para eso se construyó una nueva arquitectura. La Atlas Economic Research Foundation, o Red Atlas, que funcionaba, y aún funciona, a través de un inmenso conglomerado de gobiernos, fundaciones, institutos y centros unidos. Esta no manda tanques; financia ideas, forma cuadros, posiciona narrativas, y construye el ecosistema mediático en el que ciertas figuras florecen y otras son ahogadas antes de germinar.

Es una alianza internacional declarada, con cumbres, documentos programáticos y financiamiento. Un gran número de think tanks, fundaciones y redes que promueven activamente el diálogo entre diversos países. Dentro de esa corriente, en 2020, más de 150 políticos e intelectuales del mundo firmaron la Carta de Madrid en rechazo al comunismo y el narcosocialismo, y en defensa de los valores democráticos; entre ellos, Milei, la vicepresidenta argentina Victoria Villarruel, Kast y Eduardo Bolsonaro.

La nueva generación: el outsider digital

Las fuerzas de ultraderecha han ido ganando terreno en distintos países del continente ante el reiterado fracaso de los gobiernos de izquierda. Los casos más representativos son los de Nayib Bukele en El Salvador, José Antonio Kast en Chile, y Javier Milei en Argentina. Lo que los une no es solo la ideología; es el método.

A Milei y a Bukele los une un liderazgo disruptivo, la simpatía hacia los republicanos estadounidenses, la política de mano dura contra el crimen, y la actualización del discurso de los años 90 que presenta las inversiones extranjeras como la solución mágica a los problemas económicos, sin que el Estado regule ni intervenga para mejorar la situación de la población más vulnerable. Y los une algo más concreto: ambos manejan la lógica del amigo-enemigo y priorizan las redes sociales como mecanismo principal de comunicación política. Con ellos se abre la era de los outsiders.

El outsider digital tiene un perfil reconocible: figura construida fuera del sistema político tradicional, narrativa antisistema que canaliza el hartazgo ciudadano, dominio de las plataformas como mecanismo de construcción de masas, y una alineación ideológica que se vende como sentido común y no como proyecto político. Milei lo propuso sin rodeos: construir una “internacional derechista” de alcance mundial.

En Colombia, Abelardo De la Espriella pasó en cuestión de meses de ser un controvertido abogado mediático a ser el más votado en las elecciones presidenciales, aprovechando la frustración con los partidos tradicionales y canalizando una campaña de mucho espectáculo con una postura de outsider. El propio candidato colombiano lo declaró sin rodeos: Milei le dio el modelo económico y Bukele el de seguridad. No es influencia oculta; es una franquicia declarada que avanza país por país.

La posibilidad dominicana

República Dominicana tiene todas las condiciones que el fenómeno regional necesita para instalarse. La pregunta no es si esto puede ocurrir; es si el país puede asumir las consecuencias de elegir un perfil apolítico improvisado.

El terreno está listo para que se geste este tipo de movimiento. Es un país con instituciones históricamente débiles, partidos sin ideología articulada, y una dependencia estructural que no requiere coerción porque está profundamente internalizada como sentido común, esto ha experimentado un impetuoso renuevo.

Un partido sin masa propia y sin recursos autónomos es exactamente el tipo de vehículo que cualquier figura emergente necesita: otorga legitimidad electoral sin imponer condiciones programáticas. Cuando los partidos convencionales son incapaces de elaborar ofertas programáticas que cautiven al electorado, se genera un vacío de representación que puede ser hábilmente utilizado por sectores que no vienen de la derecha convencional. Ese vacío existe en República Dominicana, y hay quien está mirándolo con interés e intención.

La posibilidad de que Santiago Matías, Alofoke, termine siendo candidato presidencial no es solo una curiosidad política; es una pregunta que merece formularse con seriedad más allá de su conocido arrastre, precisamente, como outsider digital.

Entre otras cosas, vale la pena preguntarse: ¿qué tanto encaja ese perfil en el patrón que la región viene procesando? ¿Hay detrás de esa posibilidad un proyecto ideológico articulado, o es genuinamente una figura autónoma surgida desde abajo? ¿Qué garantías democráticas tendrían sus desafectos? ¿Qué papel reservaría a la mujer y a la cultura? ¿Cómo gestionaría una crisis o las profundas demandas que una nación requiere? ¿Y para quién gobernaría?

Ante cualquier candidatura que surja, estas son preguntas que el ciudadano dominicano tiene el derecho y el deber de hacerse ahora, no después. La popularidad mediática puede abrir el camino (ya lo hizo con Reagan, Trump y Zelensky), pero en sí misma no capacita para gestionar un Estado ni el destino de un país.

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Last modified: agosto 22, 2026

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